martes, 25 de julio de 2017

Los antroponíricos (diario de Adrian Luan)

9 de enero: Cada amanecer representa un nuevo día en el calendario, pero no así para mí. Desde hace tiempo algo se ha detenido en mi interior. Me siento atrapado, estático, inmoble...
Esta mañana ha trascurrido como una más de las muchas que desde hace tiempo vienen conformando mi vida. El despertador sonó a la hora programada. Me levanté de la cama e inicié el ritual matutino, que cada vez se me antoja más y más tedioso. Ya en el baño, examiné mi cara macilenta en el espejo: allí estaba el desconocido –el que de un tiempo a esta parte acostumbra invadir mi intimidad–, mostrando en sus labios una mueca sarcástica y despectiva. Pero en lugar de hacer caso omiso de su presencia, me encaré con él:

— ¿Quién diablos eres...? No tienes derecho a inmiscuirte en mi vida.
—Así me gusta, gallito –respondió la desconocida imagen–. Aunque no es conmigo con quien debes sublevarte. De sobra sabes quién soy. Otra cosa es que no quieras reconocerlo.
— ¡Ya, ya, ya...!  Pretendes darme a entender que ere mi otro yo u otras zarandajas por el estilo. Vas aviado: en absoluto me intimidas. Ahora, desaparece y déjame en paz.
— ¡Ah, no! ¡No te librarás tan fácil de mí! He venido a cantarte unas cuantas verdades y no me iré hasta que las hayas oído –dijo, dilatando las pupilas–. ¿Te han dicho alguna vez que eres un puto hipócrita, un cobarde sin redaños para hacer frente al fracaso que representa tu estúpida existencia? ¿Por qué no dejas de interpretar la comedia del hombre feliz? ¡A qué esperas para bajar el telón y hacer mutis por el foro!
Prorrumpió en sonoras risotadas, y su risa hiriente vibró en mi cabeza.

28 de enero: Esta mañana ha vuelto a visitarme el desconocido del espejo: una vez más se ha burlado de mi cobardía. Le lancé un frasco de sales. El espejo se hizo añicos y se multiplicó en un sinnúmero de trozos que reflejaron su odiosa faz. Andrea se alarmó al oír el ruido, y llamó apremiante a la puerta.

— ¿Qué ocurre, Adrian? ¿Estás bien...? Abre, por favor
—Ya está ahí tu zorra –dijo el desconocido–. Nos vemos, colega.
— ¡Vete al infierno! –respondí.
— ¿Con quién hablas...? ¡Adrian, te pido, por favor, que abras la puerta!
— ¡Ya voy! Espera un segundo.

Descorrí el pestillo y dejé que Andrea entrara en el baño.

— ¿A qué viene tanto alboroto? –dije, simulando naturalidad.
—O sea, que el alboroto lo armé yo... No te pases, Adrian –y señalando el suelo–. Pero... ¿qué has hecho?
—Se ha roto. Eso es todo.
— ¿Sí...? ¿Me consideras idiota? Adrian, creo que deberíamos hablar.
— ¿De qué?
—De ti, por supuesto.
—Olvídame –dije, encaminando mis pasos hacia el dormitorio.
Ella me siguió y se sentó sobre la cama, observando cómo me vestía.
—Estás nervioso, Adrian. ¿Qué te ocurre? ¿Quieres que hablemos? –preguntó melosa.
— ¡No!  No me pasa nada –negué, templando el tono de voz.
—Tómame, Adrian –dijo, ofreciéndome su desnudez.
—Ahora no, Andrea –dije, apartando la vista de su cuerpo–. Si no me doy prisa, llegaré tarde al trabajo.
—Dime la verdad: ¿Tienes una amante? –preguntó, y su tono de voz preludiaba tormenta.
—No vuelvas a la carga con esa historia. Escucha bien, Andrea, te lo voy a decir por enésima vez: ¡Estoy harto de ti y de tus celos! Ahora, si no te importa, me voy.

La dejé con la palabra en la boca, y salí de casa dando un portazo. El simple hecho de pisar la gravilla del jardín y respirar el aire del exterior ya representaba un liberación para mí.

29 de enero: Andrea no me dirigió la palabra en todo el día. ¡Si ella supiera el favor que me hace! ¡Lo mucho que aprecio su silencio...!
Hoy he tenido un día agotador. Después de hacer un somero repaso de los asuntos que tenía pendientes de solución, me aislé en el despacho, dispuesto a trabajar duro. Pero sobre la pulida superficie de la mesa se reflejó el rostro del desconocido del espejo que, sin articular palabra, volvió a recordarme mi cobardía.
La muda presencia me exacerba. Aunque me exaspera aún más que pudiera estar en lo cierto. Sí, sin lugar a dudas soy un cobarde. Si no, ¿por qué sostengo una situación que me consume? Siempre que me planteó el porqué  me digo que es "por el qué dirán", "por la familia", "por temor a la soledad..." Pero a fuerza de ser sincero conmigo mismo debo reconocer que los argumentos tras los que me escudo carecen de solidez. No son sino excusas, a las que ni yo mismo doy crédito. La opinión de la gente me trae sin cuidado, la familia ha perdido las estructuras primordiales como institución, el miedo a la soledad no es más que un tópico: solo estoy aunque esté en compañía.

3 de febrero: Andrea y yo continuamos sin dirigirnos la palabra.
Habitualmente me dirijo a casa después de finalizar el trabajo, pero hoy me apeteció alterar la costumbre. Llamé a David Revuelta –antiguo condiscípulo de la facultad–, y quedé con él en una cafetería donde antaño solíamos reunirnos. Nada más entrar en el local lo vi sentado ante la barra, apoyado de codos y flirteando con la camarera (siempre se las ha dado de hombre seductor, y de continuo pone a prueba su ego narcisista). Al verme agitó la mano y señaló con un gesto el taburete que estaba al lado del suyo.

— ¡Hola! Ligando, ¿eh? –dije, esbozando una sonrisa.
— ¡No seas indiscreto! –exclamó, dirigiendo una ojeada a la señorita que en aquel momento servía una de las mesas–. ¿Verdad que es guapísima?
—Siento decepcionarte, David, pero a mí no me lo parece. No entiendo cómo puedes estar todo el santo día mariposeando.
—Se me olvidaba que Andrea te tiene acaparado –y emitiendo un bostezo–: ¿No estás harto de la rutina del matrimonio? Yo no podría soportarlo.
—Pero tú no eres yo.
— ¡De eso no hay duda! Yo soy más atractivo que tú.
—Se nota que no tienes abuela, David.
—Pero tengo espejos que me lo confirman.
—Los tendrás trucados.
—Si crees que vas a distraerme para que no hable más sobre el tema conyugal, lo llevas claro. Seamos serios, Adrian. Llevas casado... –y haciendo un cálculo mental–, la friolera de trece años. ¿Vas a decirme que en todo este tiempo nunca has sentido el impulso de mandarlo todo al traste?

El recuerdo de tantos años de matrimonio me hizo evocar la imagen de Andrea. Sentí un ligero remordimiento, y me prometí a mí mismo que en cuanto llegara a casa haría las paces con ella.

— ¡Adrian! ¿Sigues aquí, amigo...? –preguntó David, al observar mi abstracción.
—Perdona... –y arguyendo una disculpa–: Estaba pensando en el trabajo que dejé pendiente.
—Olvídate del trabajo. No te hagas el sueco y responde a mi pregunte –insistió perseverante.
—Hombre... No niego que algunas veces tengamos nuestras peleas. Pero en términos generales lo llevamos bastante bien.
— ¡Qué cinismo! Además, según las estadísticas, a partir de los diez años no hay cristiano que aguante a su pareja. Tú no vas a ser la excepción.
—Las estadísticas suelen fallar.
—Pero mi vista no –afirmó, sacando a relucir una perspicacia inimaginable en un hombre tan irreflexivo como él–. Venga, Adrian, sincérate. Sabes que soy tu amigo.
— ¿Crees que puedo confiar en ti?
— ¡Por supuesto! Suéltalo ya.
— ¿Quieres saberlo...? Cásate y podrás comprobarlo por ti mismo.
— ¡Lagarto, lagarto! –conjuró, y al tiempo fingió huir despavorido–. Espero no incurrir nunca en ese craso error –La ocurrencia dio paso a otras ocurrencias (que no detallo por considerarlas demasiado obscenas para trasladarlas al papel). Y así, entre bromas y piropos a la camarera, consiguió que me olvidara, al menos por un tiempo, de mis intrínsecos problemas. El cálido ambiente y la amena charla lograron disipar los fantasmas que me acechan desde hace tiempo.

Regresé a casa con la moral elevada y dispuesto a hacer las paces con Andrea. Pero todos mis buenos propósitos se fueron al traste cuando la vi tendida en el sofá, en posición fetal y arrebujada en una manta que la cubría de pies a cabeza. Estoy seguro de que lo hace aposta para molestarme. Ella sabe que detesto esa pose desvalida que adopta cada vez que tenemos una disputa: es una vil coacción que esgrime para hacerme sentir mal conmigo mismo. No obstante, pasé por alto su actitud y conciliador me acerqué a ella. Le di un beso en la mejilla, y desvió la cara hacia otro lado.

— Es tarde. ¿Dónde has estado?
—Me encontré con David Revuelta. Fuimos a tomar unas copas. Lo siento, no pude eludir el compromiso –dije, mintiendo deliberadamente.
— ¿Seguro que has estado con David...?  –inquirió, examinando mi aspecto, en busca de signos que delataran un encuentro con otra fémina.
— ¡Te pido, por favor, que no empieces con la cantinela de siempre! ¿Por qué dudas siempre de mí? ¿Acaso tienes motivos para poner en tela de juicio mi fidelidad?
—No. Pero, no sé... A veces tengo la impresión de que rehúyes  mi presencia.
—Imaginaciones tuyas.
— ¿Tú me quieres, Adrian? –preguntó ansiosa.
—Claro que sí –afirmé, dando respuesta a la pregunta formulada cientos de veces.

5 de febrero: He vuelto a estar con David. Tentado estuve de contarle mis inquietudes, pero nunca he sido muy dado a las confidencias. Por otro lado tampoco sabría explicar qué motiva mi rechazo hacia Andrea. Es un sentimiento difícil de definir. Una especie de amor-odio que siempre me sorprende. La añoro cuando no la tengo cerca. Su proximidad, sin embargo, me altera de tal forma que hasta el simple contacto de su mano sobre mi piel me produce desasosiego.

2 de marzo: Hoy he observado la figura de Andrea, mientras se movía diligente por el salón: Estatura media, bien formada, estilizada, airosa; pelo negro, ojos castaños y ardientes, que semejan dos brasas encendidas destacando sobre la blancura de la tez, labios carnosos y bien dibujados... Estoy seguro de que resulta muy atractiva para la mayoría de los hombres. Me pregunto por qué no soy feliz con ella. Mis sentimientos son tan confusos que no puedo definir qué siento cuando me encuentro a su lado.
Esta noche me he dejado arrastrar por su sempiterna naturaleza libidinosa. Pero después, como siempre que eso ocurre, el precio a pagar ha sido la desolación. Andrea duerme feliz y satisfecha. Yo velo en compañía de la amargura, y escribo estas páginas.

8 de mayo: A medida que pasan los meses, el sentimiento de repulsa hacia Andrea es sustituido por otro más poderoso. La energía de este nuevo sentimiento carece de intersticios por los que poder filtrarse y expandirse, y lentamente me aniquila al no poder liberarse. Me he convertido en el prisionero de esta nueva emoción: resulta inútil todo intento de rechazo por mi parte.

20 de junio: Estoy huraño e irascible. Me he convertido en un extraño para aquellos que me han conocido en otro tiempo. Ellos también me parecen extraños. Vivo aterrado ante la posibilidad de que la angustia llegue a alienar mi mente. Pero oculto mis temores y cuido de no poner en evidencia mi estado de ánimo. Hacerlo manifiesto equivale a permitir que un extraño manipule mis pensamientos y mi intimidad, y no estoy dispuesto a que esto suceda.

30 de julio: Como era previsible, la depresión se ha cebado en mí. Me sumerjo en un mundo de dudas y sombras. No me queda otra alternativa que claudicar y ponerme en manos de un especialista en enfermedades de la psique.

15 de agosto: He concertado cita con el doctor Joseph Rizaure Ripoll, afamado psiquiatra. Ojalá este señor consiga sacarme del abismo en el que estoy sumido.

20 de octubre: Estoy contento de haberme puesto en manos del doctor Rizaure. Aunque no por completo, la depresión parece estar en vías de remitir. Comienzo a recuperar la autoestima, que ya había dado por perdida para siempre.

2 de diciembre: Rizaure y yo nos hemos hecho grandes amigos. La relación médico-paciente pasó a un segundo término para convertirse en una amistad leal y sincera. Su compañía resulta un soplo de aire fresco que me insufla las ganas de vivir. Así se lo comunico a Andrea, que escucha en silencio, sin hacer comentario alguno, con una enigmática sonrisa en los labios. Doy por descontado que mis progresos también son motivo de satisfacción para ella.

7 de diciembre: Me he equivocado: Andrea no soporta mi amistad con el doctor. Bajo su punto de vista, Rizaure es un rival. Andrea es absorbente hasta rayar en lo patológico. Siempre se las ha arreglado para evitar compartirme con otras personas. A lo largo de nuestra relación, ella ha elaborado un mundo a su medida y lo ha encerrado dentro de un círculo donde sólo tenemos cabida ella y yo: Soy su posesión más preciada.

31 de diciembre: Hoy hemos hecho terapia de grupo. Después de finalizar la sesión, alguien propone que nos vayamos a tomar unas copas: hay que despedir el año con alegría. Pero la reunión se alarga más de lo previsto y cuando llego a casa me encuentro con una Andrea furiosa. De sus labios brotan palabras viperinas:

— ¿Cómo está el sarasa? ¿Te ha dado bien por el culo? Te ha gustado, ¿verdad? ¿Por qué no me respondes...?
—Por favor, Andrea, no me hagas salir de mis casillas. –dije, conservando la ecuanimidad.
— ¿Desde cuándo tienes esa desviación...? Eres un pervertido, Adrian, ¿lo sabías? ¡No, cómo ibas a saberlo! Ya se encargaría ese psiquiatra, maricón de mierda, de adornarla para que la consideres como algo natural.
—No sigas, por favor –supliqué, cerrando los ojos para no ver la transformación diabólica que estaba sufriendo su rostro–. Te consta que es una calumnia bochornosa. ¿No te das cuenta de que al degradarme te degradas tú también?
— ¿Degradarte...? ¿Cuánto hace que no me tocas? –dijo, rechinando los dientes– ¿No es prueba suficiente para considerarte marica?
— ¡Maldita sea! –exclamé, levantando la mano para abofetearla. Pero mi sentido común me impidió llevar a efecto la acción.
— ¡Atrévete a pegarme! –exclamó, irguiéndose retadora–. Te advierto que si no dejas de ver a ese maricón, soy capaz de ir a su consulta y armar un escándalo.
— ¡Espero, por tu bien, que no se te ocurra hacer semejante cosa!
—No me amenaces, Adrian –y mirándome con rencor–. Te consta que no soy buena enemiga.

3 de febrero: Estoy agotado. No puedo luchar contracorriente. He prometido a Andrea finalizar la amistad con el doctor Rizaure.


© María José Rubiera Álvarez