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Caronte (cap. I)

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La carretera discurría serpenteante. La margen izquierda de la calzada se hallaba flanqueada por un espeso bosque donde castaños, eucaliptos, hayas, robles y gran diversidad de elementos bióticos habían establecido su señorío. Bordeando el perfil derecho, un barranco siniestro y abismal. A escasos quilómetros la montaña se erguía impasible. El día agonizaba. La decadente luz crepuscular propiciaba que el colosal megalito adquiriese matices hechiceros. Claridad y sombra se entremezclaban. El juego de misteriosos contrastes parecía dotar de animación cada oquedad de la impresionante roca, como si cientos de espectros se hubieran dado cita en aquel lugar y amparados por la complicidad nocturna se dispusieran a celebrar un ritual orgiástico. En mi cerebro las preguntas formaron un conglomerado diabólico y bulleron inquietas: "¿Por qué has tomado esta dirección? ¿Qué te ha impulsado hacia estos parajes y con qué propósito? ¿Quién eres y de dónde procedes...?", inquirieron, pero …

Los antroponíricos (cap. XII)

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Por espacio de varios días fui sometido a exhaustivas pruebas neuropsicológicas. Durante aquellas sesiones, Rizaure intentaba bucear en mi mente. Pero yo siempre eludía las preguntas referidas al tiempo transcurrido desde el comienzo de la amnesia hasta el ingreso en la clínica, pues me avergonzaba que él supiera el modus vivendi que había llevado en compañía de Caronte. Por otro lado, mi confianza en el doctor era limitada y aún no tenía claro si el interés que demostraba por mí era el estrictamente profesional o una forma sutil de sacarme información, en complot con el detective Azcárraga. Debido a la cerrazón que yo mostraba y aunque el psiquiatra, adquiriendo el hermetismo que caracteriza a los profesionales de la medicina, se abstenía de emitir juicio alguno sobre mi estado, me constaba que pocos eran los avances en el logro de mi mejoría. Aquella mañana, cuando acudí al despacho, Rizaure me aguardaba, como era ya habitual desde que iniciáramos el tratamiento.. — ¿Dispuesto a co…

Los antroponíricos (cap. XI)

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Las horas siguientes las pasé sumido en un duermevela. Pero paulatinamente los periodos de vigilia fueron acrecentándose y los pensamientos definiéndose con más claridad. Durante esos momentos de lucidez plena pensé en Milahi, en su parecido con Rizaure, y tuve que asumir el hecho de que éste y el prestidigitador no eran la misma persona. Sin duda la semejanza entre ambos era meramente casual, pero, ¿por qué el doctor actuaba como si me conociera de antaño? Mis cavilaciones no se centraron únicamente en el psiquiatra, sino que también ocupó mi pensamiento aquella historia del asesinato. No cesaba de preguntarme quién sería la víctima y por qué motivo recaían sobre mí las sospechas.
Los primeros signos de vida matutina me hicieron despertar definitivamente: enfermeras desplazándose por los pasillos, murmurando quedo para no molestar a los internos; alguna que otra tos proveniente de las habitaciones contiguas, el ir y venir de los encargados de la limpieza... Apenas si habían transcur…

Los antroponíricos (continuación cap. X)

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— ¿De qué se trata? –pregunté arrogante.
—Lo cierto es que intentamos esclarecer un homicidio –En sus rostros se pintó la expectación y mantuvieron un silencio hostil, aguardando una reacción que me delatara. — ¿Homicidio...? –repetí pasmado– ¿Por qué razón sospechan que estoy involucrado en un asesinato? ¿Necesitan cargarle el marrón a alguien para justificar el sueldo que ganan, señores? Milahi intervino con rapidez al observar que mi rostro se tornaba lívido de coraje. —Inspector, creo que ya ha sido suficiente. Mi paciente necesita descansar. —De acuerdo, señor Rizaure. Por hoy no les molestaremos más con nuestra presencia –Azcárraga le hizo una seña al petimetre de su ayudante y ambos se dirigieron hacia la puerta. De pronto el inspector, pareciendo recordar algún detalle, detuvo la mano en el pomo y como quien no quiere la cosa–: ¡Ah, por cierto...! Señor Luan, considérese bajo la custodia del doctor en tanto duren las investigaciones. —Hubiera querido evitarte este trance. Per…

Los antroponíricos (cap. X)

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Los argumentos de Caronte habían conseguido tranquilizarme, pero no por ello me sentía más dichoso.
La soledad comenzó a pesarme como una losa. El techo de la habitación pareció abatirse sobre mi cabeza y las paredes reducirse de tamaño. Me tendí en el suelo y en posición fetal permanecí encogido hasta disiparse la sensación. Después de un tiempo me levanté y oteé la zona del jardín que la galería acristalada me permitía contemplar: la lluvia se derramaba silenciosa sobre el césped. El manto húmedo y lujurioso cubría la tierra, penetrándola, copulando con ella, fertilizándola. Ambos espíritus se fusionaban y emitían sonidos sibilantes, plenos de armoniosas cadencias. Escuché atentamente el murmullo de las dos entidades entregadas al milagro de la procreación: era un lenguaje de amor, pasión y deseo, la comunicación ingrávida de dos impúdicos amantes que se entregaban a juegos eróticos. Me pregunté si algún día, en un pasado que la memoria no me hacía permisible conocer aún, yo había …

Los antroponíricos – cap. IX –

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Joseph Rizaure

Pasos sigilosos. Siluetas apenas percibidas. Murmullos ininteligibles. Alientos sobre el rostro. Luz tenue, conjugando claros y sombras… Vuelta a la nada, al ser y no ser, al lugar donde no existe Tiempo ni Espacio. Tomé conciencia de mí mismo una tarde plomiza y lluviosa. Aunque mi mente estaba presa de la obnubilación que sucede al estado febril y el abotargamiento invadía ligeramente mis sentidos, mis párpados lucharon por abrirse: me hallaba postrado en una cama. El lecho, una mesilla de noche, dos sillas y un armario empotrado en la pared componía el mobiliario de la desconocida estancia. Una galería acristalada proporcionaba claridad a la habitación de paredes desnudas y asépticas, acentuando aún más la sensación de frialdad que caracteriza a los dormitorios de los hospitales. Un caballero penetró en la estancia, se aproximó al lecho y aplicó un fonendoscopio sobre mi pecho desnudo: no pude reprimir un gemido de malestar al sentir sobre el tórax la frialdad del objet…

Los antroponíricos –Caronte (cap. VIII) –

La ausencia de Aramis me había provocado un sentimiento injustificado de tristeza: la luz parecía haberse ido a la par que él. Su compañía resultaba reconfortante. Tenía el raro don de las personas que con su presencia iluminan la vida de los demás; poseía ese halo sutil que aunque invisible es chispeante e inunda de vida y calor el espacio donde se encuentran. —No debes sentir nostalgia por ese mameluco –dijo Caronte, y una vez más tuve la impresión de que había penetrado en mis pensamientos. —Es tan simpático... Transmite tanta alegría...
—Lo que tú quieras, pero has de saber que la atracción que se desprende de los tipos como él raya en el filo de la maldad.
—¡Dios... Cuánto escepticismo! Observo que eres muy dado a juzgar a la gente sin conocerla.
—Sé lo que digo. Ese tipejo es un zascandil, y la gente tan inestable no me inspira fiabilidad. Y cambiando de tema: ¿Ya has resuelto la adivinanza?
—Estoy esperando a que tú me des la solución.
—No creo que se te arregle.
—Venga, Caron…