miércoles, 6 de septiembre de 2017

Los antroponíricos (cap. XIV)

A partir de aquella fecha habían dejado de registrarse anotaciones en el diario. A pesar de tan escueto contenido, aquellas páginas ponían de manifiesto la alteración emotiva que sufría su creador. No se necesitaba ser experto en grafología para distinguir en cada rasgo caligráfico –punzante, hiriente– una fuerte carga de agresividad. Y, como bien había dicho Rizaure, representaba un serio escollo a la hora de intentar demostrar mi inocencia, ya que se daba por hecho que yo era el autor de aquel testimonio. Aunque también cabía la posibilidad de que Caronte fuera el artífice de aquella historia. Era evidente que se había apropiado mis credenciales, y dada su tendencia a narrar fábulas la información obtenida a través de la agenda –nombres, direcciones y demás detalles– le habría proporcionado material suficiente para estructurar un relato que se ajustase a los dictámenes de su fantasía.
Este pensamiento me mantuvo en vilo hasta muy entrada la tarde. Deseoso de aclarar mis dudas solicité papel y bolígrafo cuanto antes. Garabateé unas frases sobre el folio y comparé ambas caligrafías: la mía y la plasmada en el diario. En apariencia, no guardaban similitud alguna. Me negué a mí mismo la posibilidad de haber cometido el asesinato. Me resultaba inadmisible, puesto que en absoluto me veía con madera de asesino. La justicia necesitaba un chivo expiatorio, y yo había sido elegido para tal fin.
Me dejé caer, abatido, sobre la cama. De pronto reparé en una circunstancia que hasta entonces se había escapado a mi atención: Caronte sería mi coartada. Había estado en su compañía más de una semana, y sin duda estaría de acuerdo en declarar a mi favor. Sólo existía un pequeño inconveniente: a saber dónde se encontraría en aquellos instantes. No había vuelto a visitarme, y quizá nunca más volviera. Me acució la imperiosa necesidad de ver al psiquiatra. Debía recurrir a su generosidad: sólo él podría mover los hilos para localizar a Caronte.
Pulsé el timbre. Al poco se presentó una señorita uniformada, y le manifesté mi deseo de entrevistarme con el psiquiatra. Diligente, me acompañó hasta el despacho del mismo (El camino a recorrer me pareció más largo que de costumbre). La secretaria había terminado su jornada y se había ido. La enfermera golpeó con los nudillos la puerta, solicitando permiso para entrar.

—¡Adrian! ¿Entonces...? ¿Cómo tú por aquí...? –preguntó sorprendido–. ¡Pero no te quedes ahí parado! Pasa, por favor, te presentaré a un amigo.
El caballero giró sobre sus talones y vino a mi encuentro: la mano extendida y la faz sonriente. Rondaría los cuarenta, pero se notaba que cuidaba al detalle su figura: alto, estilizado, bien vestido, elegante y... altivo. El cabello canoso, circundando la amplia frente, confería a su rostro el atractivo de una varonil madurez. Sus pupilas despedían un intenso fulgor, no exento de frialdad en determinados momentos. En el mentón se le marcaba un hoyuelo, sin duda encantador para el elenco femenino. Pero que a mí me recordó al de un impúber consentido, caprichoso.
—Alfonso Lenosa... Adrian Luan –dijo Rizaure–. Alfonso es un afamado psiquiatra. Trabajamos desde hace años en estrecha colaboración.
Al estrechar su mano tuve la impresión de haber realizado el mismo gesto con el mismo hombre en un tiempo pretérito. Pero debido a mi amnesia me fue imposible verificar con mi memoria si en verdad nos habíamos conocido con anterioridad, o si tan sólo se trataba de ese déja vu que a veces nos asalta por sorpresa: evanescente sensación que nos hace pensar si no estaremos muriendo y resucitando eternamente, a lo largo del Tiempo y del Espacio.
—¿No hemos sido presentados en otra ocasión? –pregunté afable.
—Josehp me ha hablado mucho de usted, pero puedo asegurarle que es la primera vez que nos vemos. Aunque sí es probable que mi cara le resulte familiar. Tal vez haya visto mi retrato en alguna revista científica... O quizá presenciado mi intervención en algún programa divulgativo.
Sus facciones permanecieron inalterables y la sonrisa de sus labios no se desvaneció, pero en sus pupilas me pareció ver un fulgor de inquietud. Tuve la vaga sensación de estar pisando terreno peligroso. Simulé  perplejidad y argüí un pretexto bastante convincente, dadas las circunstancias.
—Creo que la memoria me ha jugado una mala pasada. Últimamente no me funciona muy bien. Supongo que el doctor le habrá puesto al corriente sobre mi amnesia.
—Sí. Algo me ha dicho al respecto –respondió lacónico.
—¿Qué tal si tomamos unas copas? –atajó Rizaure, sacando del aprieto a su colega.
—Mejor regreso a mi habitación. El motivo que me ha guiado aquí puede esperar. Siento mucho haberles interrumpido –dije, excusándome.
—¡Para nada... Tú te quedas con nosotros! Faltaría más –y solícito–: ¿Qué te apetece beber, Adrian?
—Agua mineral, por favor.
—¿Te sirvo un whisky, Alfonso?
—Sí, gracias.
Los doctores se enfrascaron en un conversación trivial. De vez en cuando se dirigían a mí, solicitando mi parecer acerca de los temas que sacaban a colación. Yo afirmaba o negaba con la cabeza, pero en realidad no prestaba atención a lo que me decían. Me inquietaba aquel hombre. Si bien dominaba el arte del disimulo, su mirada inquisitiva no dejaba de analizar cada uno de mis gestos. Comencé a preguntarme si su presencia allí sería debido a razones vinculadas con mi persona. "En estrecha colaboración...", había dicho Rizaure. Era evidente que ambos formaban un buen equipo. Y yo podría llegar a convertirme en su cobaya predilecta. Basándome en esta suposición, en mi mente comenzó a germinar un propósito inquebrantable: debía hallar el modo de evadirme de la clínica.
Al cabo de un tiempo Alfonso Lenosa consultó su reloj de bolsillo, que pendía de una fina cadena de plata, y dio por finalizada la visita.

—Lo lamento, amigos, el deber me espera. Me es muy grata vuestra compañía, pero me veo obligado a dejaros. Nos vemos más tarde, Joseph.
—No sé si me será factible.
—No te permito recusar la invitación –dijo enérgico– No creas que podrás librarte de mí tan fácilmente. Además, te debo una cena.
—¡A sus órdenes, mi capitán! –bromeó Rizaure, cuadrándose a la manera militar–. ¿Qué tal a las diez...? Antes me va a ser imposible.
—Me parece una hora excelente. Hasta luego pues, Joseph. Ha sido un placer conocerlo, Adrian –dijo, estrechando mi mano con exquisita cortesía.
—El placer ha sido mío –respondí.

Salió de la estancia con paso firme, luciendo ese aire arrogante que suelen adoptar aquellos que gozan de encumbrada posición social.

—¿Te ha agradado mi colega, Adrian...? –preguntó Rizaure. Y de pronto, pareció recordar que me encontraba allí por algún motivo–. Ahora que caigo, ¿de qué querías hablarme?
—Se me ha olvidado
—Sería una mentira –bromeó jocoso.
—Probablemente –respondí lacónico.
—¿Te ha servido de ayuda la lectura del diario...? ¿Has logrado desvelar algún dato relevante?
—No... Pero usted tampoco podría afirmar que el diario es mio, ¿verdad?
—Pues... ¿A quién dirías que pertenece, Adrian?
—No lo sé.
—Se te ve cansado. Mañana seguimos hablando, ¿de acuerdo? Ahora te conviene descansar. Llamaré para que te acompañen. Siento no poder acompañarte yo –dijo, excusándose–. Ando un poco liado y aún debo cambiarme de traje para la cena.

Continuamos charlando algunos minutos más. Pero nada le comenté acerca de la comparación que había hecho de las dos caligrafías, ni del propósito que me había guiado hasta su despacho: la presencia de Alfonso Lenosa había logrado que se desvaneciera la confianza que horas antes me había inspirado. El deseo de evadirme de la clínica se intensificó. Pero nunca me habría imaginado que aquella misma noche llevaría a efecto mis planes. Planes desconocidos por el psiquiatra, que sin embargo él mismo haría posibles por el mero hecho de haber quedado para cenar con su colega.
Una de las enfermeras me trajo la cena y la medicación de costumbre. Ni siquiera esperó a que yo ingiriera los comprimidos.  Los dejó sobre la mesilla de noche, y agotada y deseosa de terminar la jornada cuanto antes se fue precipitadamente. Y, para mi gozo, se le olvidó cerrar la puerta con llave.
Dejé que transcurriera un tiempo prudencial antes de llevar a efecto la fuga. La adrenalina me mantenía despierto y agudizaba mi lucidez. El tiempo pasaba con lentitud: los segundos se hacían horas; los minutos, eternidades. Y la tensión de la espera comenzó a minar el valor del que me había investido horas antes. "¿Qué harás cuando te veas en el exterior, sin recursos? ¿Volverás a ser un pedigüeño? Caronte ya no estará para protegerte, y te verás solo entre la vorágine humana. La huida agravará los cargos que pesan sobre ti. Serás un prófugo de la justicia. Extenderán una orden de busca y captura. Es posible que acabes abatido a tiros, en un callejón anónimo..." Me repetí esta letanía cientos de veces, y he de confesar que hubo momentos en los que tentado estuve de retractarme y desistir de mi propósito. Pero la tentación de la libertad se impuso a los temores que me atenazaban. Y para no dejarme caer en tan lúgubres pensamientos busqué en el tratado de filosofía un distraimiento que me sirviera de apoyo moral: En una de las páginas, Platón hablaba por boca de Sócrates, alabando cuán maravillosa y beneficiosa resulta la muerte cuando las situaciones se desbordan y consiguen minar nuestras fuerzas, nuestra integridad anímica. Consideré que aquellas palabras entrañaban una gran verdad: Morir es lo de menos. La muerte es preferible a una vida donde el vivir de cada día está saturado de incertidumbre, amargura y deshonor.
Por fin llegó el momento, esperado con tanta ansiedad. Me deslicé hasta el rellano del pasillo, desde el que se divisaba la recepción: estaba apenas iluminada. El encargado de la vigilancia nocturna dormitaba en el interior de su cabina. El silencio reinaba en el edificio. Transcurrió una eternidad (al menos eso me pareció), desde el instante en que situé los pies en el primer peldaño de las escaleras hasta que llegué al vestíbulo. Hice girar el pomo de la puerta que daba acceso al exterior, a la libertad. Una bocanada de aire frío inundó el recinto, y el celador se revolvió inquieto en su silla. Mi corazón galopó en mi pecho, y tuve la impresión de que los latidos retumbaban en toda la clínica. El celador emitió un bostezo. Yo, amparado por la penumbra, me deslicé sigiloso hasta las escaleras y oculté mi figura a los ojos del vigilante. Éste se desperezó, bostezó de nuevo y maldiciendo salió de la cabina y cerró la puerta de entrada. De vuelta ya a su cabina, conectó una radio y acopló unos auriculares a sus oídos.
Guardando la máxima cautela regresé al dormitorio. Pensé en dejar transcurrir unas horas, antes de emprender por segunda vez la odisea. Pero mi instinto me advertía que no debía aplazar en exceso la huida: la ronda de las enfermeras comenzaba temprano, y por tanto corría el riesgo de ser sorprendido in fraganti. Contabilicé los minutos con ansiedad. Apenas transcurrida media hora descendí por las escaleras y crucé el vestíbulo. Miré al celador y reprimí un suspiro de satisfacción al oírlo roncar. Giré el pomo de la puerta de entrada, y entreabierta ésta salí al exterior.

Aún no había amanecido cuando por fin lograba acceder a la cancela que me separaba de la libertad.