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viernes, 16 de octubre de 2015

Los antroponíricos – Caronte (continuación cap. VII) –

—Pláceme vuesa presencia, Altezas –dijo, e inclinándose hizo una graciosa reverencia–. Aramis, para servir a vuesas mercedes.
—¿Vos sois Aramis? ¡Plácenos vuesa compañía, mosquetero! –imitó Caronte, y con guasa–: Os hallo muy solo, caballero. ¿Y vuesos fieles amigos?
—Me sorprende que no os reconozcáis, Excelencia, puesto que vos sois uno de ellos. Y vos, señor, ¿tampoco os reconocéis –preguntó dirigiéndose a mí–. Me inclino a pensar que habéis abusado de los placeres del vino. Tened presente, caballeros, que es deplorable vuesa debilidad.
Todos reímos de buena gana. Llegaron las presentaciones, y resultó que el verdadero nombre del desconocido era Bienvenido. Pero dijo que prefería que le siguiéramos llamando Aramis. Y pronto se estableció entre los tres una corriente de camaradería.
Aramis derrochaba simpatía a raudales. De estatura media y más bien delgado, ojillos maliciosos, que bailaban alegres dentro de las cuencas; el rostro lampiño, aunque senescente y enrojecido a consecuencia de los excesos etílicos, aún conservaba parte del niño que llevaba dentro.
—¿Cómo es que no te hemos visto antes? –preguntó Caronte–. ¿Cuánto hace que eres inquilino de esta "suite"?
—Quizá cuatro o cinco estaciones antes que vosotros. Pero cuando os vi subir al mercancías estaba lo suficiente borracho para poderlo precisar con exactitud.
—¿Sabes adónde se dirige este tren? –pregunté interviniendo en la conversación.
—Para mí carece de interés, y supongo que para vosotros también. Somos ciudadanos del Mundo, y lo mismo da un lugar que otro. Lo importante es vivir en libertad –y exhalando un suspiro–: Amigos, ¿habrá algo más hermoso que ser libres?
—Sin lugar a dudas la libertad es uno de los dones más preciados –afirmó Caronte–. Aunque es una utopía, puesto que todos podemos considerarnos prisioneros...
—Yo no –atajó con sequedad Aramis–. Digo y hago cuanto me viene en gana.
—Eso quizá sea la manifestación de la libertad, pero no la libertad en sí. Mírate: estás encadenado al contenido de una botella. Ser libre significa no estar supeditado a nada ni a nadie. Pero no te apures, voluntaria o involuntariamente todos somos cautivos de algo o de alguien...
—¡Ya vale, sabihondo! –interrumpió Aramis, con gesto desabrido–. Déjate de monsergas y filosofía barata, y no me compliques la vida. A estas alturas lo único que me interesa es una botella de vino, comer, dormir y, claro está, cagar. Ja, ja, ja...
Dio unas volteretas en el aire, celebrando su propia ocurrencia. Yo también sentí deseos de reír, pero me contuve por temor a ofender a Caronte, que lo miraba con gesto adusto. Aramis había herido su ego al llamarle sabihondo, y él no se lo perdonaría tan fácilmente.
—Detesto la gente soez –dijo Caronte– ¿Nunca te han dicho que eres un gorrino?
—Me han dicho muchas cosas, pero nunca utilizando un vocabulario tan finolis.
—Decididamente eres un imbécil.
—¡Bah! ¿Siempre te tomas todo tan en serio? ¿Por qué no te ríes un poco? –y jocoso–: La risa es una buena terapia, ¿no?
Caronte se rindió ante el encanto de Aramis, y relajando el semblante lanzó una carcajada.
—Está bien, mequetrefe, como castigo te corresponde amenizar la velada. Más te vale que sea algo agradable.
—¿Hace una partida de cartas? –y emitiendo una risita maliciosa se frotó las manos vigorosamente–. Je, je...¡Os voy a dejar desplumados!
—Yo no tengo dinero –dije.
—¿Quién habló de dinero? Jugaremos a las prendas.
—¡Anda ya!
—Eres un crédulo. ¿Te crees que voy a lucir mi body ante vosotros...? –bromeó sacando del bolsillo una baraja mugrienta. Y entre bromas y risas repartió las cartas.
Estuvimos enfrascados en el juego hasta que nos rindió el cansancio. Aramis se tendió hecho un ovillo en el suelo y Caronte se apropió la baraja para hacer un solitario. Cerré los ojos y me dejé acunar por el traqueteo del tren: el balanceo del gárrulo deslizándose por los raíles actuaba sobre mí como un sedante. Procuré mantener la mente en blanco, prohibiéndome a mí mismo cualquier pensamiento negativo que pudiera alterar aquella tranquilidad. Dormía profundamente cuando la voz imperiosa de Caronte consiguió sobresaltarme.
—¡Caballeros! ¡Basta ya de rendirse en los brazos de Morfeo! ¡Os propongo otro juego!
—¡Bravo! ¡Sí, sí...! –celebró Aramis, batiendo palmas entusiasmado.
—¿Qué juego? –pregunté mosqueado al observar un destello avieso en sus pupilas.
—Ya lo verás, será divertido. El juego consiste en la asociación de ideas. Yo digo una palabra y vosotros respondéis lo primero que se os ocurra.
—Conmigo no cuentes.
—¿Por qué no quieres jugar, Adrian? –preguntó Aramis.
—Porque no me da la gana.
—Venga, chaval, no seas así.
—Déjalo. ¿No ves que es un cretino? –reprochó Caronte–. En fin, en otra ocasión será.
—¡Con la ilusión que me hacía...! Anda, hazlo por mí –rogó Aramis.
—¡Qué pesadez de hombre! –exclamé molesto– ¡Vale, juguemos!
—¡Bien! –exclamó Aramis, alborozado–. Primero yo.
—De eso nada –denegó Caronte–.  No sería democrático. Lo echaremos a suertes para ver a quién le corresponde el primer turno –dijo sacando una moneda del bolsillo.
—Yo elijo cruz –se apresuró a decir Aramis.
—En ese caso, Adrian tendrá que conformarse con la cara. ¿Tienes algo que oponer al respecto, Adrian? –preguntó ceremonioso.
—En absoluto. Tanto me da que me da igual.
Caronte lanzó el metal al aire. Y Aramis se llevó una decepción al ver que me tocaba jugar en primer lugar. Sonreí al ver la contrariedad pintada en su rostro.
—¿Por qué te ríes...? ¡No es justo! –protestó encaprichado–. ¡Siempre llevo las de perder! ¿Por qué no vuelves a lanzar la moneda, Caronte?
—¡Ya está bien de sandeces! Le tocó a Adrian. Punto.
Nos situamos formando un triángulo, y Caronte se dispuso a iniciar la ronda de preguntas.
—Bien, Adrian. ¿Comenzamos?
—Sí. Cuando quieras.
C: Bosque.
A: Virilidad... Penumbra...
C: Mujer.
A: Fertilidad... Advertencia... Peligro...
C: Hombre.
A: Sangre... Guerra... Caos...
C: Amor.
A: Putrefacción... Ciénaga...
C: Amor.
—¡Se acabó! ¡Maldito seas...! –maldije amenazante–. ¿Qué te propones? ¿Crees que no sé en qué consiste el "jueguecito"? ¡Vete a psicoanalizar a tu madre!
—Tranquilízate. Te juro que sólo pretendía hacer más ameno el viaje.
—¿Divirtiéndote a mi costa? ¡No me obligues...! ¡Me tienes hasta la coronilla, Caronte! ¿A qué viene tanto interés en hacer de psicólogo conmigo?
—¿Me perdonas? –suplicó sumiso–. Vamos, muchacho, no te lo tomes así. Te prometo por mi honor que nunca más volverá a suceder.
—Tú desconoces el significado de esa palabra. Espero que no se vuelva a repetir –advertí, domeñando mi enojo.
Aramis se había escabullido hacia un rincón y se mordía las uñas.
—Oye, tú... –increpé con dureza–. Deja ya de portarte como un crío.
—Pensé que os ibais a pegar. Me disgusta la violencia –dijo apenado–, me pone nervioso. Soy amante de la armonía. ¡Y del vino!
Hizo un mohín tan gracioso que logró se disipara la tensión que se había generado. Pero ya no volvimos a gozar del ambiente de camaradería que por espacio de unas horas habíamos compartido, y cada uno de nosotros se dedicó a estar a solas con sus pensamientos.
El convoy redujo la marcha y se detuvo unos instantes ante la señal roja, momento que aprovechó Aramis para abrir la pesada puerta y descender a la vía.
—¡Adiós, queridos mosqueteros! Es mi deseo que los hados os sean propicios.
—Te vas por culpa nuestra, ¿verdad? –pregunté–. No te vayas, Aramis. Te juro que ni Caronte ni yo volveremos a enzarzarnos en otra pelea.
—Deja que se vaya, muchacho. Es libre de tomar sus propias decisiones.
—Os aprecio mucho, mosqueteros, pero he de abandonaros. La reina me necesita, y he de acudir a su llamada. Quizá volvamos a encontrarnos en otro lugar o en otro tiempo... ¡Quién sabe!
La figura pizpireta de Aramis fue tragada por la oscuridad de la noche. Y, no sé por qué razón, me apenó pensar  que jamás volvería a cruzarse en mi camino.
Pasados unos minutos el mercancías volvió a ponerse en movimiento y se deslizó acompasado y chirriante por los raíles. Me imaginé cuán grato sería si en el devenir de la existencia nos fueran brindadas las mismas opciones que el tren brinda a los pasajeros: elegir un destino u otro, apearse o seguir la marcha; gozar en un vagón de tercera clase de la comunicación que se establece entre el pueblo llano, o por el contrario escoger una solitaria litera. Llegar a la estación sin prisa, con la seguridad de poder embarcarse en otro tren cuando la oportunidad de embarcarse en el que lo precedió ha sido desaprovechada.
© María José Rubiera Álvarez

miércoles, 29 de julio de 2015

Los antroponíricos (Caronte –cap. VII–)

—Menudo follón organizaste, muchacho. Le diste una buena tunda a ese pollo –celebró Caronte, lanzando una sonora carcajada.
—¡Uf... No me lo recuerdes! Lo siento, no era mi intención causarte molestias.
—¡Bah! No importa. De vez en cuando a mí también me da el siroco.
—¿Qué intentas decir? ¿Piensas que le agredí porque me apeteció?
—¿No fue así?
—No. Fue un acto impulsivo. Una reacción provocada por el miedo, supongo.
—¿De qué tuviste miedo?
—Ha sido una experiencia sumamente desagradable, y no quiero hablar de ella.
—¿Entonces sí estabas bajo los efectos de la hipnosis?
—Así es.
—¡Vaya, vaya...! ¿Y cómo no aprovechaste la oportunidad para saber de tu pasado? –preguntó sarcástico, y en las aceradas pupilas brilló un destello de ironía–. ¿O sí te serviste de la coyuntura y has averiguado lo que no te convenía saber?
—¡Vete al infierno! ¿Por qué eres tan malintencionado?
—No sabes encajar una broma. Estás muy irascible, muchacho.
—¿Cómo te sentirías si estuvieras en mi pellejo?
—No muy bien, supongo. Debe ser duro desconocerse a sí mismo.
—Más de lo que podrías imaginar –asentí.
—Déjame ver tu mano derecha.
—¿Para qué?
—Se me acaba de ocurrir una cosa. Sé que no llevas alianza, pero quiero comprobar si el anular conserva algún indicio que evidencie haberla llevado.
Estaba en lo cierto: el anular presentaba un cerco blanquecino.
—Esto confirma mis suposiciones. Es probable que estés casado.
—La señal puede deberse a otro anillo, no necesariamente a una alianza.
—Permíteme que lo ponga en duda.
—¿Por qué? –pregunté retador.
—Porque es una marca muy fina, propia de un aro.
—Está bien. Y en el supuesto que así sea, ¡qué!
—Nada. Sólo que una esposa no se olvida con facilidad –y utilizando su habitual sorna–. Y mucho menos si es insoportable.
—Tonterías. Déjame en paz, por favor.
—Vamos, intenta recordar su nombre –y con un deje de burla–. Tal vez el amor estimule tu memoria. Aunque también puede darse el caso que en lugar de amor descubras odio.
El deseo de recuperar la memoria me impulsó a seguir la sugerencia de Caronte. Hurgué en mi cerebro, en busca del recuerdo que se negaba a acudir, y me embargó la emoción. Pero no la emoción del amor, de la dicha que se siente ante la rememoración del ser amado, sino de algo más fuerte y poderoso que latía dentro de mí: un embrión dotado de una lengua ígnea que devoraba cuanto de tierno y sublime pudiera interferir en sus propósitos. Se desarrollaba y crecía arropado en el útero abyecto de Némesis, con el único fin de llevar a cabo su misión.
Fue una sensación evanescente, inasible como estrella fugaz que atraviesa el firmamento. Manifestada no obstante con tanta intensidad que logró asustarme.
—No puedo recordar nada –dije encajando las mandíbulas y aparentando indiferencia.
—¿No puedes, o no quieres?
—¡Déjame en paz!
Escruté su rostro a hurtadillas, temeroso de que hubiera captado mi inquietud: no me apetecía hacerle partícipe de mis emociones. Pero afortunadamente había dejado de prestarme atención y se hallaba embebido en sus propias cavilaciones.
—¡Muchacho! –exclamó de repente–. Se me acaba de venir a la mente una idea sumamente interesante. Es sobre la experiencia que viviste bajo los efectos de la hipnosis.
—¿Y...?
—Aunque también es cierto... –interrumpió la frase y pensativo se acarició la barbilla.
—Vamos... Suéltalo de una vez, Caronte.
—Que cuando una persona está hipersensible es sumamente sugestionable.
—Lo siento, no logro seguirte. ¿Qué intentas decir?
—Pues que apostaría que no todo fue sugestión.
—¿Cómo te atreves a aventurar opiniones al respecto si ni siquiera sabes qué ocurrió?
—Un momento, ¿me dejas continuar?
—Adelante.
—La mente desarrolla sus propios mecanismos de defensa. Utiliza la simbología para advertir al consciente de traumas psicológicos que de hacerlo con claridad pondrían en peligro la estabilidad emocional del individuo, los enmascara para evitar un choque afectivo y por consiguiente una agresión psíquica.
—Y eso... ¿qué tiene que ver conmigo?
—Me atrevería a asegurar que la hipnosis te ha situado en el umbral del pasado, adquiriendo una forma camuflada, claro está. No quisiera parecer pedante, pero me precio de conocer la naturaleza humana y creo que tu amnesia se debe a una gran conmoción psíquica.
—¡Vaya, hombre! ¿Ahora también eres adivino? ¿Por qué no le pides trabajo a Milahi?
—¡No seas impertinente! Has de saber que la amnesia puede manifestarse como consecuencia de un choque emotivo. Eso sí, no revierte gravedad. El periodo amnésico derivado de algún trauma psicológico tiende a disminuir e incluso remitir en el curso del tiempo.
—¿Tú, ¿cómo lo sabes? ¿Acaso eres psiquiatra? ¡De qué vas! Te consideras muy inteligente, ¿no es cierto? Permíteme decirte que eres un asno –dije despectivo, pues su jactancia y prepotencia me habían irritado sobremanera. Pero al instante me arrepentí de haberlo insultado y le pedí disculpas–. Perdona. Lamento lo que he dicho, Caronte.
—¡Eres un desagradecido, Adrian! –exclamó enojado–. Pero me está bien empleado por meterme donde nadie me llama.
—Ya te he dicho que lo siento. Admito que he sido un tanto desagradable, ¿vale?
—No tenías necesidad de insultarme –dijo dolido.
—Lo sé, lo sé... –concedí–. Reconozco que ha sido un fallo por mi parte. Discúlpame.
—La disculpa sirve como atenuante de la culpa –y con aires de reyezuelo–: ¡Voy a ser magnánimo contigo, teniendo en cuenta que el yerro es una condición inherente al hombre!
—Cierto. Incluso la propia existencia es un error.
—El error no radica en la existencia, sino en el prisma con que se examina.
–Si tú lo dices.
—Sí. La existencia es una obra abstracta, simple en apariencia por su calidad de habitual. Pero oculta bajo esa simpleza subyace la magistralidad del Universo. Aunque admito que llegar a esa deducción requiere un esfuerzo intelectual, que resulta mucho más cómodo aceptar lo simple.
—La existencia nada tiene de magistral. Más bien es mero accidente.
—Esa consideración representa otro error. Te diré cómo lo veo yo: Imagina un cuadro abstracto, una obra maestra, y a un lego en arte pictórico intentando descifrar el mensaje que el artista ha transmitido al lienzo. Como el citado señor es profano en la materia sólo apreciará en la pintura trazos carentes de sentido, la juzgará con desprecio e incluso se atreverá  a decir que es una mamarrachada. Conclusión: el error no consiste en la obra, sino en el nesciente que la juzga sin tener ni puta idea. Pues bien, este ejemplo podría aplicarse a una inmensa mayoría de ignorantes.
Caronte siempre lograba desconcertarme. Aquella vena filosófica, que en ocasiones dejaba entrever, no dejaba de causarme asombro. Si tuviera que hacer un perfil de su personalidad me atrevería a calificarlo grosero,  descortés, despiadado, cínico, incluso en ocasiones malvado; aunque también educado, gentil, magnánimo, sensible, inteligente... y todo ello acompañado de una labilidad asombrosa: en suma un carácter contradictorio y enrevesado por demás. Pero estos calificativos sólo eran fruto de mi observación, pues a pesar de la confianza que se había establecido entre ambos él nunca hacía comentarios respecto a sí mismo ni a su vida privada.
—¿Qué cavilas, muchacho?
—Nada importante.
—¿Piensas en la adivinanza?
—¡No! Te confieso que no me he acordado más de ella. Pero ya que has sacado el tema a colación: ¿Quiénes son los antroponíricos?
—No te lo diré. Utiliza la cabeza, y piensa –dijo frunciendo los labios.
—¡Hip!, ¡hip! ¡Hurra! ¡Brindo por los sofistas! ¡Os invito a un trago, Excelencias!

En todo momento habíamos dado por sentado que éramos los únicos pasajeros del mercancías, y nos quedamos confundidos por las exclamaciones que partían de la penumbra. Desde la otra esquina del vagón, botella en mano, un individuo nos hacía gestos de saludo. Se incorporó con dificultad y con paso tambaleante se aproximó a nosotros.

Continuará...
© María José Rubiera Álvarez

lunes, 16 de febrero de 2015

Caronte –cap. VI–

Los días pasaron raudos y transcurrió una semana: siete días recorriendo el valle, trabajando a cambio de manutención y cama. Siete días en compañía de Caronte... Siete días sin memoria.
Una mañana, cansado ya de la vida campesina, Caronte me propuso abandonar los verdes prados y las fértiles vegas. Y sin pensárnoslo dos veces pusimos rumbo a la civilización. De camino a la ciudad hablamos de mi amnesia y qué hacer para averiguar mi identidad. Después de barajar varias posibilidades nos quedamos con la que parecía más apropiada: recurrir a la policía. Me sentía contento y creo que Caronte también se alegraba por mí, a pesar de que ambos intuíamos que una vez recuperada la memoria nuestra relación corría el riesgo de resquebrajarse. Me había acostumbrado a la labilidad de su carácter y a sus exabruptos y la posibilidad de separarnos era lo único que empañaba un poco mi alegría, pues tenía la sensación de llevar conviviendo con él toda una eternidad.
Al filo de la anochecida pisábamos el asfalto de la urbe. Y me sentí inquieto y perdido entre todo aquel conglomerado de calles, tiendas, rótulos luminosos, transeúntes y vehículos rodando. Una sensación angustiosa invadió mi espíritu y tuve que dominarme para evitar echar a correr.
—¿Qué te ocurre, muchacho? –preguntó Caronte, al observar mi frente perlada de sudor.
—Nada. Tengo calor, eso es todo –mentí. Y pensé con rapidez una excusa que resultara convincente, pues de seguro no se tragaría el embuste.
—¿Calor...? ¡Anda ya! ¿Por qué mientes? Venga, dime de una [...] vez qué te pasa.
—¡Es verdad que tengo calor! Hombre... también es cierto que estoy un poco preocupado. Aquí no debe de resultar fácil encontrar trabajo.
—Si es por eso, relájate y déjalo de mi cuenta. Además, en caso extremo, echaremos mano de los ahorros para comer.
—¿Ahorros? Querrás decir del producto del robo. ¿Y dónde dormiremos?
Su rostro permaneció inalterable ante el comentario del hurto, y respondió con sorna:
—No debes inquietarte por algo tan fútil. ¿No sabes que en todas las ciudades hay jardines y puentes que sirven de alojamiento a los parias?
—Menudo consuelo.
—¡Ya está bien de tocarme los [...], Adrian! ¡Y deja de lamentarte de una [...] vez!
Cruzó de acera, murmurando entre dientes. Y tuve que correr  si quise darle alcance.
—¿Adónde vamos, Caronte? –pregunté al cabo de un tiempo, harto ya de seguirle el paso.
—A procurarnos la manduca –respondió, y con aire risueño reposó su brazo en mi hombro. Me dije que sería mejor pasar por alto sus impertinencias y adoptar una actitud desenfadada.
Sin duda se sabía toda una serie de argucias para buscarse la vida. Averiguó dónde estaba ubicada la Oficina del Transeúnte, y allí nos encaminamos para obtener unos vales que nos permitieran cenar gratis. Una vez satisfecho el apetito, nos dirigimos a un barrio de la periferia y nos permitimos el dispendio de alquilar una habitación donde pasar la noche. Caronte me advirtió que no hablara más de la cuenta pues como yo carecía de documentación, dependiendo de lo honesto que fuese el dueño del hostal igual se negaba a darnos cobijo. Mientras Caronte se encargaba del pago y de firmar en el libro de registros, yo me adelanté y subí a la habitación. El dormitorio, ubicado en la segunda planta del inmueble, modesto pero limpio constaba de dos camas, una mesilla de noche y un ropero. Me agradó ver que también disponía de un aseo con ducha. Me desvestí y permanecí un buen rato bajo el agua, tonificando mi cuerpo y mi espíritu. Cuando salí del aseo, Caronte aguardaba su turno.

—Al fin puedo saborear las delicias de una cama decente –dije, cubriéndome con las sábanas.
—¡Caray con el sibarita...! ¡Luego le hacías ascos al dinero!
—No quiero entrar en ese tema, ¿sabes?
—Entonces, ¿de qué quiere hablar el "señor"?
—Ahora lo único que quiero es que te laves. Apestas, Caronte.
—¿Sabías que la mierda quita el frío?

Cerró la puerta del aseo y añadió alguna frase más. Segundos después se oyó el ruido del agua al caer y los gorgoritos de su garganta, que pretendían ser canción. Cuando reapareció en la habitación, no parecía el mismo hombre. Hasta el pelo de la barba, greñudo y sucio con anterioridad, se le veía más rubio.

—¡Vaya...! Después de aseado ya no pareces tan feo –dije.
—¿Feo yo? Sabrás que en mis buenos tiempos traía a muchas damas de calle.
—¿Te has enamorado alguna vez? –pregunté, y seguro eludiría la respuesta: siempre se iba por las ramas cuando yo trataba de ahondar en su vida privada.
—¿Qué decirte al respecto...? El amor no existe, muchacho. Como diría Schopenhauer: "No es sino el instinto primitivo que da lugar a la perpetuación de la especie..."
—Habrá que aceptarlo como cierto, puesto que proviene de tan eminente filósofo. En verdad fue un hombre dotado de gran inteligencia, cualidad que admiro.
—Sí. Aunque quizá no te hayas parado a pensar en las desventajas que conlleva tal atributo.
—¡Por favor...! La inteligencia es un don maravilloso.
—No lo discuto. Pero la Naturaleza dotó al hombre con una exclusividad que lo hace sentirse alienígena ante el resto de las especies. Aun más, al saberse fuera de contexto se esfuerza demasiado en entender lo ininteligible y acaba perdiendo la razón.
—¿Piensas que la inteligencia es un lastre que por fuerza ha de conducir a la locura? ¿No te parece una idea disparatada?
—En absoluto. El Homo sapiens es el único ser viviente que tiene un puesto reservado en el Gran Manicomio Colectivo del Orbe. ¿Hará falta preguntarse por qué...?
—Me deprimes, Caronte. Eres un hombre muy complejo y retorcido. No sigamos con el tema, por favor.
—De acuerdo. Por mí puedes volver la espalda a lo evidente si eso te hace sentir mejor.
—¿De qué sirve corroerse con cuestiones tan complicadas?
—Tienes razón —consintió y subiendo el embozo de la sábana se cubrió hasta la cabeza.

Segundos después, sus ronquidos se extendían por la habitación. Yo aún no tenía sueño y decidí tomar un poco el aire. La ventana del dormitorio daba a un patio de luces con olor a coles hervidas, a sudor, a lágrimas, a orina, a sexo comprado... A pobreza humillante. Se podía intuir que tras los muros de los edificios colindantes se ocultaba un largo historial de penurias, privaciones, renuncias, pesadumbres, incertidumbre, dolor y desencanto. Y no queriendo ser por más tiempo mudo espectador de tanta miseria me dispuse a cerrar la ventana y correr la cortina. Pero antes elevé la mirada al firmamento: un lucero brillaba por encima de los tejados. Le pregunté si sabía del paradero de mi memoria y me respondió con un guiño burlesco.
El día siguiente cayó en domingo y lo dedicamos a recorrer la ciudad, que sin ser en exceso populosa gozaba de numerosos atractivos para el visitante: teatros, cines, museos, discotecas... Y un gran parque de atracciones, en el que nos pasamos varias horas. Llegada la medianoche nos fuimos a unos hermosos jardines engalanados con innumerables farolillos, que proporcionaban al ambiente un aire alegre y multicolor. La fragancia que exhalaban los parterres sembrados de anémonas, camelias, magnolias, tamariscos... resultaba embriagadora. Infinidad de personas charlaban animadamente. Los niños retozaban gozosos en torno a sus padres o abuelos. Sobre la plataforma de un quiosco se hallaban los componentes de la Banda Municipal, interpretando variadas melodías. Mujeres y hombres se agrupaban alrededor del templete y, ceñidos en amoroso abrazo, bailaban al son de la música.
Estuve un buen rato contemplando a los bailarines, cautivado por la dicha que se reflejaba en sus rostros. De no ser por las circunstancias, yo también me habría sentido feliz y hasta me habría decidido a ejecutar unos cuantos bailables.

—¡Ya me agobia tanta música! –exclamó de pronto Caronte–. ¿Qué te parece si damos un paseo? –propuso inquieto.
—De acuerdo –aprobé al ver su gesto de fastidio–. ¿Adónde sugieres que vayamos?
—Mientras tú estabas pendiente de las evoluciones de esos idiotas, he observado que varios grupos de personas tomaban por aquella vereda –dijo señalando un camino de gravilla, al cual se accedía descendiendo unas escaleras–. Me da que se dirigen a ver alguna atracción. Si quieres podemos comprobar si estoy en lo cierto.

El camino nos condujo a una glorieta donde se hallaba instalado un teatro ambulante, cuyo letrero de neón anunciaba en grandes caracteres la atracción de la noche:

GRAN TEATRO DEL MUNDO
Hoy:  Presentación de "El Gran Milahi"
(Penetre en el mundo de la magia por un módico precio)


Parecía una broma morbosa, preparada por algún duende maligno. Pensé con ironía que si alguien necesitaba los servicios de un mago, ése era yo. Pero fijo que recobrar mi memoria no consistía en un acto de magia, sino en hallar el desencadenante que había provocado su pérdida.


Continuará...
© María José Rubiera Álvarez



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Los antroponíricos (Caronte –cap. V–)


Pero mi estado de ánimo no mejoró con la llegada del alba: la amnesia proseguía y, para colmo, la humedad de la hierba me había penetrado hasta los huesos.
—Buenos días. ¡Qué frío hace! –exclamé tiritando.
Caronte procedía a enfundarse un jersey. Era patente su malhumor, y apenas si respondió a mi saludo matutino. Sus gruñidos me dieron a entender que por las mañanas no recibía, y no volví a dirigirle la palabra.
Después de un desayuno frugal, emprendimos la marcha: él, taciturno, embebido en sus pensamientos; yo, en los míos, que no eran precisamente halagüeños ni optimistas. Al cabo de algunas horas comenzó a caer una lluvia pertinaz. Pronto el agua me caló hasta el tuétano. Pensé que resultaba muy desagradable errar sin rumbo por los caminos, a merced de las inclemencias atmosféricas. Caronte permanecía impasible, sin parecer importarle que lloviera o hiciese sol.

—¿No te molesta la lluvia, Caronte?
—¿Hmmm...?
Con gesto ambiguo dio a entender que no me había escuchado.
—Digo si no te molesta la lluvia. Debe de ser dura la vida de vagabundo. Es triste carecer de hogar, de un techo donde guarecerse, ¿verdad?
—¡Quién te ha dicho que no tengo hogar! ¿Ves esto? –dijo pateando el suelo–. ¡Esto es mi hogar! ¡La tierra entera lo es!

El instinto me impulsó a retroceder ante su reacción. Y sus labios se distendieron en una sonrisa burlona.
—Tranquilo, hombre. Se diría que me tienes miedo.
—No te temo. Pero te aseguro que me parece improcedente esa salida de tono. No creo que sea para ponerse así. Tengo frío, y me limité a hacer un comentario al respecto.
—¡Y qué coño pretendes que haga yo para remediarlo! ¡Si echas a correr, entrarás en calor en menos de un suspiro!
—No pretendo nada, e insisto en que tu actitud no es pertinente.
—¡Bah! ¿Quieres saber si me fastidia estar mojado? Sí, por supuesto.
—Esa respuesta me parece más civilizada.
—Mira, Adrian, me importa un huevo lo que te parezca o deje de parecer.
Me sentí irritado por su comportamiento, y estuve todo el camino sin dirigirle la palabra. Él tampoco hizo amago de hablarme. Y de esta guisa transcurrió la mañana sin que hubiéramos cruzado ni un solo monosílabo. Llegado el mediodía divisamos un caserío, y el semblante adusto de Caronte se tornó alegre.
—Vamos a solicitar trabajo. ¿Te parece bien? —consultó con talante risueño.
—Sí –afirmé lacónico.
—¿Es mi imaginación o te has vuelto parco en palabras? –preguntó espiando mi rostro–. ¡No me digas que estás enojado conmigo! ¡Vaya por Dios! Se nota que no me conoces, muchacho. Bueno, ya te acostumbrarás a mi modo de ser –aseguró lanzando una carcajada.
—¿Sí...? Yo no le veo la gracia.
—Venga, Adrian, no seas chiquillo.
—¿Crees que querrán darnos empleo? –interrogué desabrido, cambiando de conversación.
—Si no quieren, peor para ellos.
—No, peor para nosotros. Tendremos que comer. Vamos... digo yo.
—No te inquietes por eso. Déjalo de mi cuenta.

Nos dirigimos a la alquería, y nos ofrecimos a realizar algunos trabajos a cambio sólo de comida y cama. El terrateniente aceptó de buen grado pues estaba necesitado de braceros. Pero nos dijo que la noche tendríamos que pasarla en el establo ya que eran muchos de familia y no disponía de habitaciones libres.
Pasamos el resto del día cultivando el campo, partiendo leña y ordeñando vacas y ovejas. Cuando llegó la noche y nos fuimos a dormir, yo no podía con el alma.
—Estoy reventado. Mira, tengo las manos destrozadas –dije tirándome sobre el heno.
—Ya te acostumbrarás. Pareces una jodida señorita. Me pregunto de dónde habrás salido.
—Eso quisiera saber yo.
—¿Aún no recuerdas nada?
—Nada en absoluto.
—Mejor para ti. –afirmó, encogiendo los hombros con indiferencia.
—¡Qué dices...! ¿A ti todo te da igual o es que aún no crees en mi amnesia?
—Lo he dicho por tu bien, muchacho. ¿Sabías que todo recuerdo del pasado no es más que una distorsión de la realidad?
—"Realidad o irrealidad sólo son simples términos para definir algo abstracto." ¿Recuerdas...?
—¡Claro! ¡Cómo no lo voy a recordar si procede de mi intelecto! –exclamó soltando una carcajada–. Ahora en serio, muchacho. Comprendo que desees saber tu identidad, pero el pasado sólo es una ilusión, el espejismo de una felicidad inexistente. El individuo tiende a evocar e idealizar vivencias pasadas que nada tienen de ideales. El presente es más auténtico y no se presta tanto a engaño. Hay que disfrutar del momento, ¿entiendes?
—Me inclino ante tu sabiduría –dije irónico.
—Búrlate lo que quieras, pero insisto en que cualquier período pretérito se presta a interpretaciones erróneas. El recuerdo está aliado con la ilusión para confundirnos.
—¡No me digas!  Bueno, sea como fuere, me interesa saber quién soy y de dónde procedo. ¿Y por qué no cambiamos de conversación? ¿Prometes no enfadarte si te hago una pregunta?
—No te molestes en hacerla. Ya sé por dónde van los tiros.
—Eres muy listo.
—No hace falta serlo para saber qué te tiene intrigado.
—Venga, Caronte, dime quiénes son los antroponíricos.
—Eres un pelma. Mira, te propongo un juego.
—¿Sí? ¿En qué consiste?
—En una adivinanza. A través de ella  obtendrás pistas para averiguar lo que deseas saber. Claro que eso será mañana, porque hoy ya es muy tarde.
—¡Socorro! ¿Pretendes martirizarme con otra de tus historias?
—El que algo quiere, algo le cuesta. Y ahora, a dormir. Buenas noches, muchacho.
—Eres un dictador, ¿lo sabías?
—Mañana lo discutimos –dijo con voz soñolienta.
Caronte se quedó dormido, y me dio envidia ver la placidez reflejada en su rostro. Tenía el pleno convencimiento de que me esperaba otra noche de vigilia, cara a cara con mis pensamientos y mis inquietudes. Pero casi al instante el sueño se apiadó de mí y me sumió en el mundo de la inconsciencia: El cansancio había logrado abatir al insomnio.

Continuará...
© María José Rubiera Álvarez

martes, 26 de agosto de 2014

Los antroponíricos (Caronte –cap. IV–)

Caronte rondaría los cuarenta, pero probablemente aparentara esa edad debido a la incipiente calvicie. Delgado y de estatura media, rubio, nariz aquilina, boca grande y labios finos que al cerrarse formaban una línea recta y en ocasiones se fruncían con gesto voluntarioso; mentón cuadrado que delataba a su poseedor como un ser independiente, de voluntad irreductible. Los ojos, de un acerado azul grisáceo, cuya penetrante mirada parecía bucear en lo más íntimo del pensamiento del interlocutor, eran el rasgo más destacado de aquel rostro anguloso y marmóreo, en el que empezaba a despuntar la barba. En definitiva un hombre corriente, uno más entre todos los que conforman la gran marea humana. Aunque resultara prematuro formarse un juicio sobre su personalidad, al margen de los defectos inherentes a todo ser humano, daba la impresión de ser una buena persona, amén de atento y agradable.
—¿Tienes hambre? –preguntó de súbito.
—No mucha.
—Yo sí. ¿Qué te parece si hacemos un alto para reponer fuerzas? Sígueme.

Saltó con agilidad el cercado de una pradería. Emulé su acción y buscamos acomodo bajo la sombra de un árbol. El manto herbáceo hizo las veces de mantel y sobre él dispuso con diligencia una hogaza de pan, queso y dos botellas de vino.

—Toma –dijo tendiéndome unas rebanadas de pan y queso.
—No, gracias, no tengo hambre.
—Venga, hombre, no te hagas de rogar. A saber cuánto hace que no ingieres alimento.
—La verdad es que no me acuerdo.
—¡Esto es el colmo! ¿Debo entender que te parece poca cosa lo que te ofrezco?
—No se lo tome como un desprecio, por favor. No quiero abusar de su amabilidad, eso es todo.
—Puedo entenderlo, pero entiende tú también que el orgullo no sirve de nada cuando se está en situaciones límite –y frunciendo el entrecejo–. Lo sé por experiencia.
—Le prometo que no es cuestión de orgullo.
—Déjalo ya, muchacho, y come tranquilo. ¡Y no me trates de usted, demonios!
—De acuerdo.
—¡Vamos a celebrar nuestro encuentro! ¿Te gusta el vino...?

Me pasó una de las botellas y acepté de buen grado: estaba helado de frío y necesitaba un estímulo que me hiciera entrar en calor. Pero apenas mis labios habían llegado a rozar el cristal cuando él interrumpió el gesto.

—No bebas, espera un segundo. Propongo un brindis.
—¿Por quién brindamos?
—Por la amistad. Y también por la Justicia.
—¿Crees que esa señora se merece un brindis?
—Sí –afirmó rotundo–. Tal vez los que la administran no sean del todo eficaces, pero siempre queda el recurso de hacerla triunfar por cuenta propia. Ya sabes: "ojo por ojo..."
—Eres drástico, Caronte.
–Tal vez lo sea –dijo echándose a reír–. Pero yo no lo he inventado.

Después de hacer un brindis por la amistad hicimos otro por la justicia. A continuación brindamos por la ley del talión, por Hammurabi y por la divina Shamash –que según dijo era asociada con la ley de la justicia en la antigua Babilonia–, incluso hicimos un brindis por él y por mí. Una primera botella dio paso a la segunda y continuamos bebiendo hasta apurar la última gota. Caronte se puso en pie y riéndose a carcajadas comenzó a bailar torpemente. Resultaba cómico y a la vez un poco triste ver a un hombre de apariencia tan seria hacer el ridículo.

—Menuda mona has pillado. Para, por favor, no vaya a ser que te estrelles –advertí.
—Estoy muuuy pero que muuuy alegre –dijo divertido, y cesando en sus evoluciones se sentó a mi lado, se quitó los zapatos y se tendió cuan largo era en la hierba–. ¡Uf, qué cansado me siento! –confesó con lengua estropajosa, como es habitual en los borrachos–. Hoy he recorrido un sinfín de quilómetros para presenciar el proceso. Lástima que lo suspendieran.
—A propósito del proceso, ¿quiénes son los antroponíricos? ¿Por qué inspiran tanto odio?
—Olvídalo.
—Pero... ¿qué ocurre con ellos? –pregunté de nuevo y quizá en circunstancias normales no lo hubiera hecho, pero creo que me permití el atrevimiento animado por la gran cantidad de alcohol que circulaba por mis venas.
–¡Te he dicho que lo olvides (...)!

Esta vez la respuesta fue tajante. Observé a hurtadillas el rostro taciturno, enrojecido por el exceso de alcohol: su alegría se había evaporado como por encanto. Las pupilas grisáceas se perdían en la lejanía y en su expresión aprecié una extraña mezcla de odio y miedo. Estaba claro que el simple hecho de mentar a los antroponíricos hería su fibra más sensible. Me pregunté quiénes serían y por qué Caronte eludía hablar de ellos, pero ahogué mi malsana curiosidad y me recriminé por querer ahondar en la intimidad ajena.
—Me has dicho que te llamas Adrian, ¿verdad? –preguntó rompiendo el embarazoso silencio.
—Sí... –afirmé, y supuse que había llegado la hora de las confidencias.
—Bien, Adrian, ¿qué te ha traído por estos lugares?
—Es largo de explicar.
—Yo no tengo prisa –aseguró soltando una carcajada–, ¿y tú?
—Tampoco.
—¿Eres un fugado de la justicia?
—No, por favor. ¿Qué le hace pensar semejante cosa?
—¡Coño, qué manía con el usted! –rezongó–.  ¿Qué quieres que piense cuando todo en ti resulta sospechoso...? No tienes aspecto de vagabundo y sin embargo estás hecho unos zorros.  No llevas equipaje, ni siquiera una mísera mochila. Además, tus ojos me dicen que estás asustado. Desahógate; pienso que te vendrá bien.
—No estoy asustado.
—¡Lo estás!
—Se equivoca.
—Lo estás. No se puede engañar a un viejo coyote, muchacho.
—Usted gana. Perdón..., tú ganas.
—¡Estaba seguro de ello! –exclamó triunfal.
—Pero no es lo que te imaginas –y en pocas palabras le expuse mi situación.
—¿No recuerdas absolutamente nada?
—Nada, salvo la noche pasada y el día de hoy.
—¿Dispones de alguna credencial? Te sería de gran ayuda verificar quién eres y de dónde procedes.
—Supongo que la amnesia me ha creado un estado de confusión ya que en ningún momento se me ocurrió reparar en ese detalle. Cabe suponer que he dejado la documentación en el coche. No lo sé... Estaba tan atolondrado cuando divisé las luces de la aldea...
—No debes preocuparte más. Dentro de un rato, cuando hayamos reposado la comida, te acompañaré hasta el lugar donde has dejado el vehículo. Ahora necesito dormir una siesta. A ti tampoco te vendría mal descansar un rato.
—Eres muy amable. Gracias.
Me tendí sobre la hierba, abatí los párpados y me dispuse a hacer caso de la sugerencia de Caronte. Pero después de dar vueltas sin cesar desistí del empeño. Él tampoco dormía –probablemente contagiado por mi desasosiego–, y con voz somnolienta dijo:
—Eres incapaz de pegar ojo, ¿eh? Seguro que tienes frío. Te voy a dejar un jersey.
—Te lo agradezco de veras. Espero poder pagarte algún día lo que estás haciendo por mí.
—Vamos... No te deprimas, muchacho.
—Es fácil dar consejos, pero es duro no saber quién eres ni de dónde vienes...
—Y eso qué –atajó elevando los hombros–. ¿Conoces a alguien que lo sepa?
—¡Vaya, Caronte! –exclamé malhumorado–. ¡No me refiero a la incógnita que desde hace siglos ha traído en jaque al hombre...!
—¡Frena el carro, muchacho! ¡Ya no me queda rastro de sueño (...)!
—De veras lo lamento.
—Más lo lamento yo.
—Disculpa mi malhumor. Sé que estoy un poco irascible. A veces me asalta la sensación de estar viviendo un episodio irreal, y eso me exaspera. Es una experiencia desconcertante, ¿sabes?
—¡Irrealidad o realidad: he aquí la cuestión! ¿Podrías delimitar ambos reinos? ¿Precisar dónde termina el uno y comienza el otro? No, ¿verdad?
—¡Qué tontería...! Aún debes de estar borracho.
—No es tan absurdo como te imaginas. Irrealidad o realidad no dejan de ser simples términos para definir algo abstracto y los vocablos, por mucho que se lo propongan, jamás lograrán materializar algo tan sutil. Además, las palabras no son dignas de respeto. ¡Te voy a contar una historia! Bueno... si tú me lo permites.
—Claro. Por mí puedes contar lo que se te antoje –concedí con amabilidad. Aunque en mi fuero interno me dije que debía armarme de paciencia pues daba por supuesto que Caronte, debido a la cantidad de alcohol ingerido, diría una memez.
Con aire ceremonioso comenzó la narración:
–Cuenta la leyenda que hace muchos milenios, cuando los humanos que poblaban la Tierra estaban en estado primitivo aún, nació el Pensamiento y le fue conferido el mayor privilegio que jamás pudiera soñar mortal alguno: la prerrogativa del libre albedrío. Amparado en esta potestad, siempre acompañado de su inseparable amiga, llamada Conciencia, inculcó a los humanos el valor de la igualdad, la libertad, la justicia y el respeto. Esta máxima se extendió como reguero de pólvora por todo el Planeta, siendo acatada como algo sublime durante miles y miles de años.  Pero hete aquí que con el transcurso de los siglos también vieron la luz el Egoísmo y la Ambición, y entonces el Pensamiento hubo de librar grandes batallas para no sucumbir ante tan poderosos rivales. Pasado el tiempo, la sociedad, siempre fluctuante y voluble, decidió abandonar los antiguos principios y seguir las nuevas corrientes y acordó que al Pensamiento debía imponérsele el estigma del silencio obligado. Fue entonces cuando nacieron los pérfidos vocablos. Y ni que decir tiene que a partir de ese instante comenzó el caos en el Mundo... Bien, ya hemos llegado al final de la historia. ¿Entiendes ahora por qué las palabras no son dignas de respeto?
—La historia es singular, pero yo diría que un tanto descabellada. Palabra y pensamiento forman tal simbiosis que el uno alimenta al otro y ambos se benefician mutuamente.
—¿Simbiosis...? Las palabras son subordinadas del pensamiento. Él es un ente superior y no necesita de ellas para subsistir. Aun confinado al rincón más oscuro de la mente, continúa siendo poderoso y libre: jamás estará supeditado a nada ni a nadie.
—El pensamiento también tiene sus limitaciones, Caronte.
—¿Cuáles, según tú? –preguntó retador.
—Las pasiones. Y sobremanera una que quizá sea la más fuerte y poderosa de todas: el odio. Sí, amigo, el odio es poderoso y el pensamiento sucumbe y se inclina ante él como las mieses ante la orden del viento. Además, las palabras son una fuente de extraordinaria riqueza.
—¿A qué riqueza aludes?
—¿No has oído hablar de la evolución, Caronte? ¿Acaso no es el tesoro más preciado de la humanidad? Pues las palabras han sido fundamentales para que se produjera ese milagro.
—¡Qué evolución ni qué (...)! ¡No me negarás que las palabras son dañinas: seducen, engañan, mienten, vilipendian, fingen, calumnian...!
—Por supuesto. Pero olvidas que también enamoran, miman, instruyen, comunican, expresan, divierten, aconsejan...
—¡Pasa de mí! –replicó airado–. ¡Las palabras son unas (...) mentirosas y sólo son benévolas con aquel que acata a ciegas todos los convencionalismos establecidos!
—Pues para qué las utilizas, si es que tanto las odias. Haz voto de silencio y en paz.
—En eso sí tienes razón –admitió pasando los dedos por la frente–. Pero no dudes que esa evolución maravillosa ha venido acompañada de una pérdida de valores fundamentales y ha conseguido estructurar una sociedad basada en una gran mentira colectiva. Más que evolución debería llamarse involución, pues de seguro nos conducirá a la Prehistoria.
No me atreví a seguir llevándole la contraria por miedo a que su enojo provocara una ruptura entre ambos. Quizá fuese un poco exaltado, pero resultaba un hombre entretenido y me encontraba cómodo en su compañía. Aunque yo recobrara la memoria, no había motivo para dejar de cultivar aquella amistad nacida de modo tan fortuito.
—De repente te has quedado muy callado, muchacho. No temas, no me parece mal que me lleven la contraria –dijo sonriente, como si hubiera leído mis pensamientos–. ¡Ea, ya va siendo hora de ir a buscar tu identidad!
Y cantando a dúo partimos en busca del coche. Mas fue tarea vana pues por más que rastreamos la carretera a lo largo de varios quilómetros no hallamos señales de él.
—¿No pretenderías quedarte conmigo...? –preguntó suspicaz.
—Te juro que no he mentido. ¿Qué iba a conseguir con ello?
—No lo sé. ¡Vaya papeleta!
—Tal vez lo hayan robado... –aventuré con timidez.
—¡Oh, sí! ¡Por qué no!
Estaba irritado y no le faltaba razón. Era lógico que pusiera en duda la historia que le había contado, puesto que lo insólito de la situación también resultaba inverosímil para mí. Desde el día anterior nada de lo acontecido tenía visos de realidad, más bien parecía fruto de una pesadilla. En algunos momentos me sorprendía a mí mismo expectante, como si de un momento a otro fuera a despertar de un horrible sueño. Fuera como fuese, Caronte se había portado bien conmigo y consideré que le debía una disculpa.
—Perdona. No era mi intención hacerte perder el tiempo.
—Déjate de pijadas –dijo con acritud–, el tiempo me pertenece. ¡Menudo dilema me has creado!  ¿Qué voy a hacer ahora contigo?
—No te preocupes por mí. Ya me las arreglaré.
—Ya te las arreglaras... –rezongó–. ¿Cómo?
—Aún no lo sé. Tengo que pensarlo.
—¡Anda, vamos! ¿Crees que voy a dejarte aquí tirado? ¿Por quién me tomas?
—Es preferible que sigas tu camino en solitario. No quiero ser un estorbo para ti.
—¡No soy hombre de cumplidos, Adrian! Te ofrezco mi ayuda por última vez –y con voz áspera–, tómala o déjala según te convenga –y con éstas me volvió la espalda y se fue carretera abajo.
Al principio me mantuve a distancia; pero al cabo de un rato me situé a su lado e inicié una conversación, deseoso de romper el hielo.
—No te enfades conmigo, por favor. ¿Ya se te pasó la borrachera...? A mí sí, pero no debí beber tanto vino. Me encuentro fatal. Tengo una resaca de muerte.
—¡No siento pena alguna por ti!
—Tu amabilidad me conmueve.
—¡Es más de lo que mereces (...)! –atajó con sequedad.
—¿Por qué dices tantas palabrotas, Caronte? Son innecesarias para el entendimiento.
—Yo soy como soy, y es tu problema si no te gusta mi forma de ser. Y puestos ya, vamos a dejar las cosas claras: No acostumbro lamentar mi suerte, a pesar de ser un vagabundo. Tengo mis manías y no permito que nadie se inmiscuya en mi vida, a menos que yo de permiso para hacerlo. Detesto la falsedad y aborrezco las lisonjas. Ah, y aún queda otra cuestión por aclarar: No sé cuánto tiempo permaneceremos juntos, pero te pido como condición que ante todo utilices la sinceridad. No imaginas cuánto me (...) la gente que va por la vida simulando lo que no es.
—De acuerdo. Lo tendré en cuenta.
—Bien, entonces no hay más que hablar –aseguró dando por finalizada la conversación. Y a partir de ese momento guardó un silencio hostil.
Yo no sabía en qué lugar estábamos ni hacia dónde nos encaminábamos; pero no me atreví a formular preguntas al respecto, pues el semblante adusto de mi compañero indicaba que no era el momento más adecuado para interrumpir sus cavilaciones. Así que, acompasé mi paso al suyo y sin formular palabra me dejé guiar por él.
La claridad diurna se fue difuminando y pronto cedió el paso a la oscuridad total. La noche se cernió sobre el paisaje y apenas si lográbamos distinguir dónde situábamos los pies. La linterna que la noche antes me había iluminado el camino había quedado olvidada en la aldea, entre el heno del cobertizo. Dado que ni siquiera podíamos contar con la claridad de las estrellas, pues el cielo estaba encapotado y la nubosidad imposibilitaba que se filtrase el más mínimo fulgor, Caronte decidió dar por finalizada la jornada de aquel día. Utilizando como abrigo unos troncos muertos nos dispusimos a pasar las próximas horas al raso, tendidos sobre la húmeda hierba.
Él no tardó en entregarse al sueño. Pero yo me sentía bastante deprimido y velé hasta altas horas de la madrugada: me inquietaba el futuro, y también el pasado relegado en la oscuridad de mi memoria.
© María José Rubiera Álvarez

jueves, 5 de junio de 2014

Los antroponíricos (Caronte – cap. III –

Acceder a la fortaleza resultaba un tanto peculiar para el visitante primerizo.
Unos colosales portalones daban paso a una antesala que a su vez comunicaba con el claustro de un cenobio, siendo éste de construcción posterior a la fachendosa mole. Las puertas de la sala capitular permanecían abiertas, y me acerqué para observar el interior: en las desconchadas paredes aún se podían apreciar unos deteriorados murales en cuyos motivos se alternaba lo sacro y lo pagano, formando una curiosa y extraña combinación. Al final de las arcadas de la galería claustral, a pleno aire libre, principiaban las escaleras de piedra que conducían al castillo. Tenía su asentamiento sobre una superficie rocosa y elevada, y calculé que la distancia que mediaba entre él y yo rondaría los mil metros de altitud.
Inicié el ascenso de los tortuosos escalones. Después de superar tan denodado esfuerzo abordé el puente levadizo, crucé un pasaje sumido en la penumbra y llegué al patio de armas. Unos cañones del siglo XVIII, colocados de forma estratégica, me hicieron pensar que en épocas postreras el castillo había sido ocupado con fines militares. La arquitectura databa del medievo y algunos de los torreones buhardas se habían desmoronado, así como también la capilla y varias almenas. Pero las demás dependencias se conservaban en buen estado y denotaban el esplendor del que habían sido dotadas en tiempos de noble poderío.
No tardó en llegar a mis oídos el eco de un griterío mitigado por la distancia, pero que fue cobrando intensidad a medida que me iba acercando al lugar de su procedencia. Dejándome guiar por la cada vez más nítida algarabía accedí a la torre del homenaje donde se hallaban congregadas numerosas personas. Era tal la afluencia de gente que deduje que no sólo los lugareños sino también los foráneos habían acudido al lugar para presenciar el evento. En la atmósfera se hacía tangible la furia contenida. La muchedumbre aguardaba inquieta y hablaba entre sí a gritos y atropelladamente y, de cuando en cuando, se elevaba un clamor de impaciencia. De pronto se originó una algarada ante la aparición de algo o alguien a quien yo no podía ver dada mi posición en el último lugar. No disponía de suficiente visibilidad para observar qué o quién provocaba la exaltación. Aguijoneado por la curiosidad, a pesar de las protestas, me abrí paso hasta llegar a las primeras filas.
Se celebraba un juicio público. Siete venerables ancianos, ataviados con túnicas moradas, presidían el estrado. A escasa distancia de la mesa del tribunal se había dispuesto una tarima donde una mujer, joven y bonita aún, permanecía en pie mientras era sometida a interrogatorio. Entre balbuceos y lágrimas la rea exponía su alegato. Pero no pude oír qué argumentaba pues sus palabras eran ahogadas por los gritos enardecidos del vulgo, que no dejaba de increpar a la acusada a pesar de las repetidas llamadas al orden. "¡Orden! ¡Silencio! ¡He dicho silencio!", exhortaba el más anciano de los componentes del consejo con voz grave y severa. "Estamos aquí reunidos para juzgar si esta mujer es culpable o inocente del delito que se le imputa. A la encausada le asiste el derecho de realizar las alegaciones que sean pertinentes para su defensa. Sólo después de haber oído sus razonamientos se os tolerará, ciudadanos, emitir veredicto al respecto", puntualizó el venerable. Pero lejos de acatar las sabias palabras los ánimos del populacho se sublevaron aún más. "¡Muerte a la antroponírica! ¡La maldad debe ser castigada con la máxima pena!", gritó la muchedumbre apiñándose contra el vallado que servía de contención.
Entonces acaeció un hecho insólito: la bestia desatada surgió de las entrañas de hombres y mujeres. Dando rienda suelta a sus instintos primigenios, en una apología de la irracionalidad, la horda salvaje saltó la empalizada, dispuesta a llevar a cabo un linchamiento. Y aquellos que quedaron tras la valla secundaron la locura gritando, empujando, arrastrando todo cuanto se interponía en su camino. De no ser por la rápida intervención de las fuerzas del orden, la mujer habría sucumbido a manos de aquellos bárbaros. Los salvajes fueron reducidos, y los jueces suspendieron la vista y abandonaron el foro entre insultos y murmullos de desaprobación.
Poco a poco el gentío se fue dispersando. Pero yo continué allí, incapaz de asimilar como cierto todo lo visto y oído. De repente una nube sanguinolenta cegó mis ojos, cielo y tierra parecieron girar a mi alrededor, sentí náuseas y vomité repetidas veces.
–¿Te encuentras mal, muchacho? –preguntó una voz masculina.
–No, no... Estoy bien. Gracias.
–Parece que no tienes buen aspecto –aseguró el hombre.
–Ya me encuentro mucho mejor. De todos modos, gracias por su interés.
–No se merecen, muchacho. Me llamo Caronte –dijo el desconocido alargando su diestra.
–Yo soy Adrian.
El nombre surgió de mis labios inesperadamente, y quedé tan confundido por la revelación que ignoré la mano extendida del extraño. Pero éste interpretó el gesto a su modo.
–Veo que aún te sientes afectado por el incidente.
–Así es. Me pregunto cómo unos seres, que se llaman a sí mismos humanos, pueden actuar de forma tan primitiva. No sé qué delito habrá cometido esa mujer pero, aun suponiendo que sea una homicida, tiene derecho a un juicio justo. ¿Se puede esperar un veredicto imparcial cuando se ha decidido con antelación la culpabilidad del reo...?
–No te rompas la cabeza. Las cosas son como son. Punto. Este sistema procesal proviene de antiguas civilizaciones. Es democrático, ¿no crees?
–¡Democrático...! –exclamé extrañándome de la aseveración hecha por el desconocido–. ¡Por el amor de Cristo! Sólo al Altísimo le concierne el derecho de juzgar quién debe morir.
–No en lo referente a los antroponíricos.
–¿Quiénes son los antroponíricos? ¿Por qué Dios les ha de volver la espalda? ¿Acaso es una secta dedicada al culto de Satán?
–No es una secta –negó categórico.
–¿Quiénes son para merecer tan horrendo castigo?
–Déjalo ya, muchacho, no lo hagas una cuestión personal. ¡Haces demasiadas preguntas, compadre! –amonestó agitando el índice.
–Disculpe el atrevimiento.
–No tiene importancia. Bueno, creo que ya es hora de irse. Aquí ya no pintamos nada. Por cierto, ¿eres del pueblo o estás de paso?
–Estoy de paso. ¿Y usted?
–También –afirmó, y con ojos escrutadores me examinó de arriba abajo–. Tal vez nuestros caminos vayan parejos.
–Es posible –respondí evasivo.
–¿Adónde te diriges?
–Aún no lo he decidido.
–¡Vaya! Eres un trotamundos ¿eh? Bienvenido al club –y esbozando una taimada sonrisa me golpeó el bíceps con el puño.
Yo no desmentí ni afirmé la conjetura, sólo me limité a sonreír.
–Oye, estoy pensando...  Puesto que somos colegas, ¿qué opinas de hacer juntos el camino?
–No sé. Es que...
Sopesé la propuesta de aquel tipo y me dije que nada tenía que perder. Al menos no me encontraría tan solo mientras perdurase el periodo amnésico que cabía suponer no tardaría en remitir, pues parecía un buen augurio el hecho de haber recordado mi nombre.
–¿No te parece buena idea? –preguntó al ver que se hacía esperar mi respuesta–. Igual tenías otros planes... No te preocupes. Si es así, puedo entenderlo.
–No. Simplemente me ha pillado por sorpresa. Acepto la proposición. Creo que resultará agradable tener un compañero de viaje.
–¡Bien hablado! Ea, ya es hora de iniciar la marcha –dijo, echándose al hombro una bolsa que hasta entonces había permanecido depositada en el suelo–. Veo que vas ligero de equipaje –observó, y con un leve movimiento de cabeza me invitó a seguirlo.
No supe qué responder y caminé a su lado en silencio. Él inició una conversación trivial sobre el tiempo y esas cosas de las que suelen hablar las personas que no se han visto en la vida y que un día, por mera casualidad, coinciden en algún sitio. Era buen conversador, y dejé que el peso del diálogo recayera sobre él. Tan sólo de cuando en cuando me permití expresar alguna que otra frase. Aunque más bien me limité a escuchar y a examinar su fisonomía.

© María José Rubiera Álvarez

  

viernes, 13 de diciembre de 2013

Caronte (cap. I)

La carretera discurría serpenteante. La margen izquierda de la calzada se hallaba flanqueada por un espeso bosque donde castaños, eucaliptos, hayas, robles y gran diversidad de elementos bióticos habían establecido su señorío. Bordeando el perfil derecho, un barranco siniestro y abismal.
A escasos quilómetros la montaña se erguía impasible. El día agonizaba. La decadente luz crepuscular propiciaba que el colosal megalito adquiriese matices hechiceros. Claridad y sombra se entremezclaban. El juego de misteriosos contrastes parecía dotar de animación cada oquedad de la impresionante roca, como si cientos de espectros se hubieran dado cita en aquel lugar y amparados por la complicidad nocturna se dispusieran a celebrar un ritual orgiástico.
En mi cerebro las preguntas formaron un conglomerado diabólico y bulleron inquietas: "¿Por qué has tomado esta dirección? ¿Qué te ha impulsado hacia estos parajes y con qué propósito? ¿Quién eres y de dónde procedes...?", inquirieron, pero no hallaron respuesta: ni siquiera un nombre; los datos procesados por la memoria se negaban a aflorar a la superficie. Consulté la esfera luminosa del reloj y comprobé con desagrado que también me era negada esa información: las manecillas se habían detenido a las cuatro en punto. Detuve el automóvil y con gesto maquinal encendí los faros. Mis pupilas quedaron cautivas en el haz luminoso que se derramaba sobre la carretera, como si el resplandor me permitiera obtener la claridad mental. Pasados unos minutos me acomodé lo mejor posible, abatí los párpados y no tardé en quedarme dormido.
Nada ni nadie interrumpió mi sueño. Pero al cabo de unas horas me desperté alertado, con la vaga sensación de que algo no iba correcto: la luz se había extinguido. El testigo de la batería aún lanzaba guiños estertóreos; segundos después expiraba definitivamente y me quedé sumergido en la magnitud envolvente de la noche.
Y el ente que había perdido la memoria se quedó a solas con la inmensidad nocturna, donde miríadas de estrellas emitían sus fulgores con timidez, y se preguntó qué extrañas fuerzas se conjugan para sumir a un hombre en circunstancias tan adversas.
A la pérdida de memoria se sumaba el agravante de hallarme aislado en un paraje desconocido. Era pretensión inútil albergar esperanza de ser auxiliado en breve, pues la carretera no era transitada con asiduidad: en el transcurso de las horas no había pasado vehículo alguno. Pero tal pareciera que las ideas se hubiesen esfumado a la par que los recuerdos, ya que en lugar de pensar en alguna solución airosa me dejé vencer por el abatimiento; sólo acerté a elevar la mirada al cielo, como si la bóveda celeste fuera a ofrecerme soluciones. Seguí la trayectoria de la Luna y la vi ocultarse tras el manto turgente y gris de una nube. Mis pupilas continuaron su vagar errático, llegaron a la ladera de la montaña y allí se detuvieron atrapadas por unos guiños luminosos provenientes de un alumbrado eléctrico.
Abandoné el refugio seguro del coche y salí a la intemperie. Armado de una linterna me precipité carretera arriba, hacia el encuentro con la supuesta aldea: ni siquiera me planteé esperar a la mañana siguiente. De repente el bosque se animó de actividad sigilosa. El grito de una lechuza se extendió por los confines nemorosos, otra lechuza respondió a la llamada de su congénere y percibí que era observado por decenas de ojos: rapaces, lupinos, felinos... Ojos nocturnos y sagaces que acechaban al intruso en silencio. Unas pisadas furtivas agitaron el espeso follaje. Un nudo me oprimió la garganta y sentí el insidioso latigazo del miedo, y tal vez el mismo miedo fue el que me indujo a tararear una melodía que me sirvió de acicate para seguir avanzando. Pero la angosta carretera parecía extenderse hasta el infinito y cada minuto pasado se me antojaba una eternidad.
Debía de ser hora avanzada cuando llegué a la aldea: ora intempestiva para importunar el descanso de los lugareños. Me adentré por las callejuelas en busca de algún lugar que me sirviera de cobijo. En las rúas empedradas y desiertas, vagamente iluminadas por alguna que otra luz mortecina, mis pasos resonaron inmisericordes. Los ladridos de los perros alteraron la paz nocturna, pero en los humildes hogares no se apreciaron signos de actividad. Después de un tiempo, los canes se habituaron al desconocido y el silencio imperó de nuevo en la noche.
Un cobertizo me brindó alojamiento, y arropado por la dulzona calidez del heno me dispuse a pasar las horas que distaban del día siguiente. Me pregunté qué hora sería, pero no bien me hube formulado esta pregunta un reloj, probablemente el de una iglesia cercana, se puso en movimiento. Conté cinco campanadas y pensé con alivio que no tardaría en amanecer.

© María José Rubiera Álvarez