viernes, 23 de enero de 2015

Caronte – cap. V (continuación) –

Nos levantamos antes del amanecer.
Después de ordeñar el ganado y llevarlo a los pastos, el propietario de la alquería nos invitó a su casa a desayunar. En torno a la mesa del comedor nos reunimos los jornaleros, el patrón y los hijos varones. La dueña de la casa sirvió la mesa, ayudada por las hijas, y nos brindó un suculento desayuno a base de huevos fritos, tocino, tortitas con miel y café. Se gozaba de un ambiente alegre y distendido. Había mucha camaradería y resultaba agradable no observar distinción alguna entre amos y criados. Finalizado el desayuno todos los braceros se reintegraron a sus respectivas tareas, menos nosotros que ya habíamos acordado irnos aquella misma mañana. Pero antes de emprender la marcha, Caronte pidió permiso para asearnos. Mientras él realizaba esta labor yo esperé mi turno charlando y tomando café en compañía del señor de la casa.
Después de las despedidas partimos definitivamente, no sin antes recibir de aquellas buenas personas unas viandas para el camino y algunas monedas. Durante el trayecto, Caronte no cesó de hablar y reír, lo cual me sorprendió teniendo en cuenta que en las mañanas no parecía prestarse al buen talante. Nos habíamos alejado un buen trecho de la casona cuando se detuvo, introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un puñado de billetes. Tal fue mi asombro que no supe cómo reaccionar ante la visión de tan sustanciosa cantidad de dinero.
 
—¿Te has quedado mudo?
—Lo has robado, ¿verdad? –dije molesto–. ¿Por qué lo has hecho?
—No seas remilgado.
—Son buena gente, Caronte.
—¿Sí...? Son unos putos explotadores, que no es lo mismo. La buena gente no existe, muchacho. ¿De verdad crees que la gente adinerada tiene conciencia altruista? Me decepcionas. En verdad no te imaginaba tan ingenuo.
—Muy mal te ha tratado la vida para que opines así.
—Ya te he dicho que nunca lamenté mi suerte. Pero vamos a ver, según tú, por habernos alojado en un catre de mala muerte y habernos dado un poco de calderilla ya se merecen el Reino de los Cielos. ¿Y qué me dices de todo lo que nos han hecho trabajar a cambio?
—Yo no dije que fueran santos, pero sí gente honesta. Te recuerdo que hicimos un trato con ellos y no sólo lo han cumplido sino que incluso se excedieron en atenciones.
— O sea, pura filantropía, ¿verdad? –dijo con sarcasmo–. Pues guárdate de los filántropos. Aviado vas si crees que renuncian a su propio beneficio en aras del prójimo. A propósito de esos puntos, ¿no te escama tanto desprendimiento?
—Eres un cínico.
—Sí. Es muy posible que Diógenes se haya reencarnado en mí –afirmó, y el eco de sus carcajadas se extendió por todo el valle.
—Me exasperas, Caronte. Pero creo que eso ya lo sabes, ¿verdad? Te divierte aguijonearme.
—Venga, muchacho... ¿No sabes aceptar una broma?
—No me resultas divertido. Eres una mala persona, y no debo ni quiero secundar tus tropelías. No me gustan tus métodos.
—¿Qué métodos...? ¡Ah, te refieres al dinero! Yo no mencioné haberlo robado. Que yo sepa, la historia la has montado tú solo.
—¡Lo que me quedaba por oír! Está bien, Caronte, no voy a discutir contigo.
—Aun suponiendo que lo robara... ¿quién eres tú para reprochármelo?
—No soy nadie, pero me avergüenza tu proceder. Espero que reflexiones y no vuelvas a reincidir. Te advierto que no pienso tolerarlo.
—¿Y qué tienes pensado hacer al respecto, Adrian? ¿Denunciarme? –preguntó desafiante, y un destello de ira brilló en sus aceradas pupilas.
—Sabes que nunca haría tal cosa.
—¿Por qué he de saberlo? ¿Acaso te conozco de algo? Y si tanto te molesta mi modo de ser...
—Tienes razón –atajé–. Lo que no conviene se deja y asunto concluido.
—¡Eres un estúpido melindroso! ¡Por mí puedes largarte cuando quieras! ¿Piensas que voy a sufrir por tu ausencia, maldito desagradecido?
 
Caronte había descendido en mi escala de valores, y comenzaba a sentirme preocupado. Después de todo no era más que un desconocido: todo cuanto sabía de aquel individuo se limitaba a un nombre. "No debes ser tan estricto e intolerante con su modo de ser y actuar", me reproché. Lamentablemente yo también me identificaba como un extraño y tal vez mi calaña no fuese mejor que la de él. Recé para que aquellas conjeturas nunca se convirtiesen en certezas, y puse en jaque a mi memoria para que me arrojara alguna pista del pasado. Pero no me otorgó la más leve luz, a través de la que pudiera reconocerme.
La mañana transcurrió sin más incidentes. Pero se hizo palpable el distanciamiento que se había instalado entre ambos: almorzamos en silencio y también en silencio continuamos el resto del camino. Pasado el mediodía llegamos a una casa de labranza, donde acordamos con el propietario realizar algunas labores a cambio de la cena y un lugar donde dormir. Sin carecer de amabilidad, el hacendado se mostró reservado y distante en el trato. Nos asignó una ingente tarea, y trabajamos como mulos hasta hora muy avanzada. A cambio fuimos recompensados con una sopa aguada y un sitio en las caballerizas. Y con gran pesar hube de reconocer que Caronte no estaba tan descaminado al juzgar de explotadora a la gente adinerada. Aunque me guardé de hacérselo saber, pues tal y como él era le hubiera dado pie para realizar otro latrocinio. "Por fortuna no puede adivinar lo que pienso", me dije. No obstante, temeroso de haber expresado mis pensamientos en voz alta miré hacia el rincón donde se hallaba tendido, y nuestras miradas se encontraron.
—¿No puedes dormir, muchacho? –preguntó, y su tono de voz no albergaba hostilidad.
—No. Pero habría de jurar que tú estabas roque.
—Ya ves que no. Cuanto más cansado estoy, más me cuesta conciliar el sueño.
—Pues anoche te quedaste dormido enseguida –afirmé con sequedad.
—Sí... ¿Aún te dura el enfado, muchacho? Ea, ¿y si mandáramos al diablo las rencillas?
—Prométeme que nunca más volverás a robar, al menos mientras permanezcamos juntos.
—He de confesar que la tentación es demasiado fuerte, pero te juro por mi decencia que no habrá más hurtos –prometió y solemne apoyó la mano derecha sobre una tabla, simulando ser la Biblia. Y no pude menos que reír ante tan falso juramento–. En fin, muchacho, puesto que al parecer ni tú ni yo sentimos deseos de dormir te plantearé la adivinanza.
—¿Por qué no te dejas de acertijos y me dices sencillamente quiénes son los antroponíricos?
—Ni lo sueñes... La condición es que lo averigües por ti mismo.
—¡Pues venga, suelta el rollo de una vez! –exclamé resignado.

Caronte se acomodó sobre el heno y entrelazó las manos bajo la nuca, a modo de almohada. Las pupilas grisáceas relucieron en la oscuridad. Y el sonido de su voz se extendió tenue por la caballeriza, formando compás con el resoplido de los ollares equinos.

—Érase una vez un bosque, poblado por diversas y abundantes especies del reino animal. Algunos de sus moradores gozaban de extraordinaria hermosura. Otros no eran tan bellos, pero aun así disponían de alguna gracia que los hacía agradables a los ojos de los demás. Se puede decir que todos podían presumir de algún encanto. Todos, excepto uno: un arácnido negro, orondo, peludo y repelente que se había establecido en la copa de un árbol, en que había tejido una tela extensa y sutil en la que perecía todo incauto que osara apoyarse sobre la gelatinosa superficie.
La araña vivía oculta entre las hojas del árbol que le daba cobijo. Consciente de su fealdad, puesto que en cierta ocasión había visto reflejada su imagen en las aguas de un arroyo, evitaba toda comunicación con el exterior. Se encontraba sola y triste, y raro era el día en que no se lamentara de su suerte. Parapetada tras su frondosa atalaya aguzaba sus cuatro pares de ojos, atenta al grácil revoloteo de las mariposas, envidiosa del bello colorido de sus alas. "¡Si yo pudiera apropiarme de esa gracia y belleza, no me importaría dar parte de mi vida a cambio!", pensaba. Mas como debía resignarse a ser como era lanzaba un suspiro y buscaba consuelo en la comida, ya que además de horripilante era glotona.
Pero un día aquella vida, aburrida y monótona, se vio alterada por un suceso que le llenó de gozo: una mariposa había sido atrapada en la tela; un ejemplar de bellísimos colores que en vano luchaba por liberarse de la pegajosa trampa. El horrendo arácnido, que se pasaba la vida al acecho de sus capturas, salió presto de su escondrijo y desplazándose veloz sobre sus cuatro pares de patas se abalanzó sobre el lepidóptero. Pero cuando a punto estaba de devorarlo se le ocurrió una idea luminosa: dejaría al hermoso insecto con vida y llevaría a la práctica un experimento, guardado en el olvido por parecerle imposible su realización. Años ha ya se había planteado mantener una presa con vida el tiempo suficiente para lograr, por medio de una ingesta moderada, hacer suyos no sólo los atributos físicos sino también el alma y las ilusiones  de su víctima. Pues bien, con esta idea peregrina rondándole la cabeza, cada día se encargaba de proporcionar sustento al lepidóptero, mientras que a su vez se limitaba a absorber una milésima parte de las alas del precioso insecto. Después el odioso arácnido se deslizaba por el tronco del árbol y se contemplaba en las aguas del arroyo.
Así fue transcurriendo el tiempo. Pero la metamorfosis no llegaba y, presa de rabia, tejía telas sin cesar y devoraba cuanto en ellas era atrapado. Debido a ello engordó en exceso y ¡oh cruel paradoja! en lugar de alcanzar la tan ansiada belleza su fealdad alcanzó cotas insospechadas  y también se volvió más maligna, pues su perversidad corría pareja a su volumen. Al cabo de varias semanas la mariposa perdió la ilusión de vivir, y como consecuencia también la hermosura. Una noche se entregó gustosa al abrazo de la muerte, y entonces el odioso arácnido, al ver frustrados sus planes, tuvo tal ataque de rabia que se arrojó al vacío y murió aplastado por su propio peso.

—¡Qué historia tan tétrica! ¿De dónde la has sacado, Caronte? –dije cuando terminó de hablar–. No sé cómo puedes tener tanta inventiva.
—Nada es inventado, muchacho. ¿No sabes que la realidad siempre supera a la ficción? Pero dime si has captado el significado de la adivinanza.
—No.
—Pues no será por falta de pistas...
—Me parece que no se me dan muy bien los acertijos. Así que, como no te dignes decirme quiénes son los antroponíricos, mucho me temo que no lo sabré nunca.
—Pues no pienso decírtelo. Hay que aprender a leer entre líneas –y bostezando–. ¿No te parece que ya va siendo hora de dormir? Buenas noches, muchacho.
—Hasta mañana, Caronte.
—Dirás hasta ahora mismo, pues no tardará en amanecer.

Estaba en lo cierto. Apenas pasadas unas horas comenzó a filtrarse por las rendijas de la caballeriza la claridad del crepúsculo, preludiando el día que comenzaba.

© María José Rubiera Álvarez