viernes, 5 de febrero de 2016

Los antroponíricos –Caronte (cap. VIII) –

La ausencia de Aramis me había provocado un sentimiento injustificado de tristeza: la luz parecía haberse ido a la par que él. Su compañía resultaba reconfortante. Tenía el raro don de las personas que con su presencia iluminan la vida de los demás; poseía ese halo sutil que aunque invisible es chispeante e inunda de vida y calor el espacio donde se encuentran.
—No debes sentir nostalgia por ese mameluco –dijo Caronte, y una vez más tuve la impresión de que había penetrado en mis pensamientos.
—Es tan simpático... Transmite tanta alegría...
—Lo que tú quieras, pero has de saber que la atracción que se desprende de los tipos como él raya en el filo de la maldad.
—¡Dios... Cuánto escepticismo! Observo que eres muy dado a juzgar a la gente sin conocerla.
—Sé lo que digo. Ese tipejo es un zascandil, y la gente tan inestable no me inspira fiabilidad. Y cambiando de tema: ¿Ya has resuelto la adivinanza?
—Estoy esperando a que tú me des la solución.
—No creo que se te arregle.
—Venga, Caronte, no te hagas de rogar. Te consta que has estimulado mi curiosidad a propósito, y eso significa que en el fondo estás deseando decirme quienes son los antroponíricos.
—Eres muy cómodo, muchacho, ni siquiera te molestas en pensar. A este paso no sólo carecerás de memoria sino también de neuronas.
—Aún me quedan muchas.
—Son... devoradores de sueños –afirmó muy serio.
—¿Qué...? ¿He oído bien? ¿Has dicho devoradores de sueños?
—¡Sí! Es el término con que se conoce al antroponírico, hombre-sueño u oniricófago.
—¿Oniricófago...?
—¿Vas a repetir todo lo que digo? Pareces un loro.
—Disculpa. ¿Y por qué se los denomina así? –pregunté, y por más que quise contenerme no pude reprimir una carcajada.
—Es algo muy serio, muchacho. No debes reírte –amonestó–. Reciben esta acepción porque se alimentan de sueños ajenos; escogen deliberadamente a sus presas y de forma lenta y cruel devoran sus ilusiones. Al igual que parásitos succionan todo cuanto hay de hermoso en su víctima: esperanzas, alegrías, emociones y todo lo que resulta imprescindible para sentirse vivo. Son taimados; maestros en argucias esgrimen sus armas hasta conseguir que a su presa sólo le quede el vacío, la nada, la desolación sin límites, la muerte en vida...
—¿De dónde has sacado ese disparate, Caronte? –pregunté, interrumpiendo aquel desatino–. ¿Me consideras tan tonto como para tragarme que en verdad existen personas de esa índole?
—¿Personas...? No son personas.
—¿Ah, no...? Creo que te estás quedando conmigo, Caronte. Pero está bien, estoy dispuesto a seguirte el juego. Porque se trata de eso..., ¿verdad?
—Tómalo como quieras –concedió, elevando los hombros con aquel gesto tan peculiar en él.
—¿Y cómo se los reconoce? ¿Tienen rabo, cuernos o alguna protuberancia en particular que los identifique? –pregunté, reprimiendo la hilaridad–. Supongo que algo tendrán que los distinga de las personas vulgares.
—Puedes burlarte si te apetece –dijo muy serio–. Su apariencia es humana. Sólo les delata el destello maligno de sus ojos, y hay que ser muy observador para poderlo apreciar.
—Entonces, ¿cómo diablos se los reconoce?
—Se intuyen. ¡Y basta ya de preguntas!
Su rostro marmóreo se distorsionó en una mueca cruel y amarga; clavó las pupilas grisáceas en un punto imaginario y se estrechó a sí mismo en un abrazo protector. Me pregunté cómo podía tomarse  tan en serio un cuento tan absurdo. Sin duda poseía un elevado grado de histrionismo: otra faceta más de aquel carácter tan peculiar.
—¿Ya has pensado qué vas a hacer, muchacho? –dijo cuando recuperó la compostura.
—¿A qué te refieres?
—Sabes bien a qué me refiero.
—Te juro que no lo sé.
—¿Ya no te interesa saber quién eres?
—¡Claro! ¡Cómo no me va a interesar!
—Entonces, en cuanto lleguemos a nuestro destino acudirás al organismo pertinente para averiguarlo, ¿no es así?
—¿No sería mejor esperar un tiempo a ver qué sucede? Tú mismo has dicho que la amnesia tiende a remitir al cabo de unos días.
—No soy psiquiatra ni psicólogo, ¿recuerdas? –dijo glacial.
—No seas rencoroso, Caronte.
—¿Qué temes, Adrian? –preguntó inquisitivo.
Si pretendía dar en la diana sin lugar a duda había hecho un pleno. Era cierto: estaba asustado. Me entraba pánico cada vez que pensaba en la experiencia vivida bajo los efectos de la hipnosis. ¿Quién me garantizaba que no guardaba relación alguna con hechos acaecidos en el pretérito, como Caronte había aventurado? No dejé traslucir mis sentimientos y respondí con aplomo:
—Nada –y retador–. ¿He de temer algo?
—Tú sabrás –respondió malévolo.
—Olvídame. ¿Por qué buscas camorra de continuo? Te encanta originar climas de tensión, cuando a mí me desagrada sobremanera. Mira, vamos a dejar esta conversación, o acabaremos discutiendo y nada más lejos de mi intención.
—Como quieras. –concedió, encogiendo los hombros con indiferencia.
—¿Sabes ya en qué ciudad debemos apearnos?
—Sí –afirmó lacónico.
—¿Tienes algún proyecto en mente para cuando hayamos llegado a nuestro destino?
—Tengo uno muy claro: mandarte a la mierda. Y tú, ¿tienes algún plan?
—¿Vas a seguir tu camino por separado?
—Así es –afirmó con rotundidad–. Para qué vamos a continuar juntos si es evidente que somos incompatibles.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. Yo nunca hablo por hablar.
Debió ser tan intensa la angustia reflejada en mi rostro que abandonó su pose de dureza y me sonrió con una ternura inusual en él.
—Relájate, amigo. ¿De veras crees que sería capaz de abandonarte a tu suerte?
—Gracias. Aunque a veces no lo parezca, eres buena persona.
—¡Qué largo se me está haciendo este viaje! –exclamó de pronto, sin tomar en cuenta mi alabanza–. Aunque, si no me equivoco, creo que no tardaremos en arribar a nuestro destino. Debemos cambiarnos de ropa –y descorriendo la cremallera de la bolsa, del interior sacó un par de jeans y dos camisas–. Toma. Me parece que llevamos la misma talla.
—Esa bolsa parece la recreación de la cueva de Alí Babá: alberga tesoros insospechados.
Se limitó a esbozar una sonrisa y procedió a cambiarse.  Yo también me dediqué a la misma labor, y comprobé que la ropa de Caronte me sentaba como un guante. Me alegré de que así fuese, pues me sentía sucio e incómodo dentro de la mía.
El maquinista aminoró la marcha. Hizo entrar el mercancías en la vía muerta y accionó el freno. Los vagones topetaron y las ruedas chirriaron contra los raíles.
—Fin de trayecto –dijo lanzando un estruendoso bostezo, echándose la bolsa al hombro.
—¿Es aquí donde tenemos que apearnos?
—Aquí se acaba el fierro, muchacho. Así que, apéate.
Descendimos del vagón y nos mezclamos entre el bullicio. Un hervidero de personas pululaba por el andén. Cientos de almas desconocidas entre sí, ajenas unas a otras. Gente de toda índole compartiendo el mismo hecho, que, aun ignorándolo, se había dado cita para vivir el mismo instante en el Espacio y en el Tiempo: gente cargada con su equipaje; soldados asomados a las ventanillas, que se despedían de sus familiares o novias; alguna que otra pareja arrullándose; padres nerviosos, regañando a sus hijos y advirtiéndoles del peligro que representaba la vía...
Una voz monótona, proveniente de la megafonía, anunció a los pasajeros la salida inmediata de un  tren. Sonó un silbato y las puertas de acceso al convoy quedaron selladas, vetando con su hermetismo la última oportunidad para los viajeros rezagados. El tren se puso en movimiento, se deslizó por los raíles y perezoso marcó el tiempo en adagio, en tácita complicidad con los que se resistían a las despedidas.
Salimos de la estación y nos encontramos de pleno con el tráfago de la metrópolis.
—¿Has estado alguna vez en esta ciudad? –le pregunté al observar que se movía con desenvoltura por las calles.
—Sí. Es muy bella y cosmopolita. Dicen que tiene uno de los puertos naturales más amplios del mundo. Si te apetece vamos a verlo.
—Estupendo.
—¿Quieres embarcarte como polizón?
—¡Qué gracia...!
—Aparte de bromas, ¿deseas que te acompañe a algún sitio donde te ayuden a averiguar quién eres, o prefieres que el tiempo sea el que decida? Tú eliges, muchacho.
Lo miré dubitativo, al tiempo que sopesaba qué me podría acarrear el conocimiento de mi identidad.
—¡Sí o no! ¡Decídete de una vez! –exigió apremiante.
—No. Creo que voy a esperar un tiempo.
—Vale. Entonces iremos a ganarnos el pan de cada día.
—¿Crees que encontraremos trabajo?
—¡Claro! ¿No lo vamos a encontrar...?
Como un auténtico imbécil lo seguí a lo largo de una avenida hasta llegar a una iglesia. Apostándose en la escalinata se hincó de rodillas y extendió la mano para pedir limosna a los feligreses. Sentí tal bochorno que me alejé de su lado precipitadamente. Atravesé la calle corriendo, y por un momento pensé en perderlo de vista para siempre. Pero volví sobre mis pasos y, aunque me pareció denigrante, me coloqué a su vera y postrándome de hinojos también extendí la mano.
Me había convertido en un paria, y me dolía aceptarlo. Hasta ese momento no había sido plenamente consciente de la perversa emboscada que me había preparado el destino. Aunque por otra parte, no tenía la absoluta certeza de si mi estado actual era debido a un hecho predeterminado por fuerzas invisibles. Claro que ya no estaba seguro de casi nada. Sólo podía afirmar que no era más que un mísero pedigüeño y, al igual que el Judío Errante, parecía haber sido condenado a vagar hasta el fin de los siglos. ¿Me habría sido impuesto como penitencia?
El sonido metálico de unas monedas al caer en la palma de mi mano puso fin a las cavilaciones. Caronte ya se había puesto en pie y se sacudía el polvo adherido a su pantalón.
—¿Por qué te marchaste? –susurró enojado. Miré hacia otro lado y aparenté no haber oído la pregunta.
—Creo que por hoy ya basta –y al ver que yo aún continuaba de rodillas–: ¡Qué! ¡Nos vamos, o piensas quedarte ahí para siempre!
Nos dirigimos a una alameda, y una vez acomodados en un banco procedió a contar el dinero.
—No ha estado mal la recaudación. ¿A ver cuánto tienes tú?
—Creo que suficiente.
—Nunca es suficiente, muchacho. Esos beatos no suelen ser muy generosos; mucho arrepentirse de los pecados, mucho golpe de pecho con el consabido "mea culpa", pero a la hora de repartir con los necesitados es otra historia. Son unos hipócritas que pretenden lavar la conciencia con un poco de calderilla.
—No seas injusto, Caronte. Al fin y al cabo no tienen ninguna obligación.
—Esto también es verdad. Pero, entonces, ¿a quién le compete la miseria de tantos y tantos indigentes? ¿Al Estado...? Deja que me ría.
—Que yo sepa, el Estado se ocupa de proporcionar albergue a los necesitados.
—¡Claro! ¡Por eso no hay pobres durmiendo en la calle! –exclamó con ironía–. Además, ¡menudo privilegio! –y escupiendo en la acera–: Más que albergues yo los llamaría pocilgas de escasas dimensiones, compartidas por todo tipo de individuos, donde el hacinamiento es la tónica general. Eres un gilipollas, Adrian.
—Oye, oye..., no las pagues conmigo. Comprendo que no estés de acuerdo con el sistema, pero yo no tengo la culpa de que la sociedad esté montada así.
—Me exaspera tu condescendencia para con esos peces gordos que ocupan los sillones del poder. –dijo, volviendo a escupir en la acera.
—¡Qué dices...! Estás pasado, Caronte. No creo haberme manifestado a favor ni en contra del Gobierno, ni recuerdo haber hecho comentario alguno referente a cuestiones políticas.
—Ni falta que hace. Estás impregnado del típico barniz burgués. Apestas, ¿sabes?
—¡Vaya por Dios! Lo que me quedaba por oír.
—Y para qué vamos a engañarnos, a tipos como tú les importa un bledo los tipos como yo. ¿Pensabas que no me había dado cuenta, señor remilgado? ¡Eres patético!
—Te ruego no alteres la voz –reconvine al ver que sus gritos comenzaban a captar la atención de los transeúntes.
—¡Altero lo que me da la gana! –vociferó con chulería–. ¡Y a vosotros, ¿quién os dio vela en este entierro?! –exclamó, encarándose con los observadores–. ¡Venga, largaos de aquí!
—Por Dios, Caronte, vas a conseguir que nos detenga la policía por escándalo público.
Logré que la advertencia aplacara sus ánimos sublevados, y durante un tiempo permaneció silencioso. Pero no tardó en volver a la carga, aunque con tono más templado.
—Confiesa que te avergüenzas de mí.
—No es cierto.
—¡Ah..., ¿no?! ¿Entonces por qué te largaste cuando me dispuse a pedir limosna?
—Simplemente obedecí a un impulso. Estoy tan desconcertado...
Estoy tan desconcertado... –remedó–. No hay cosa que más me joda que los niñatos estúpidos –dijo despectivo–. Muchacho, creo que ya eres mayorcito para entender que los senderos de la vida no están hechos de rosas. Así que, procura adaptarte a las eventualidades que te vayan surgiendo. Sin ir más lejos, ahí tienes una –y señalando mis pies–. Mira.
Mis zapatos estaban rotos, y ni siquiera me había dado cuenta.
—Pues no sé cómo podré comprarme otros –me lamenté.
—¡Qué tal si se los pides al alcalde de esta ciudad! –exclamó mordaz.
—Te estás pasando, Caronte.
—Hablo en serio, muchacho. Es posible que atienda tu ruego. Así, cuando llegue el período de elecciones podrá hacer demagogia sin que le remuerda la conciencia.
—¡Vaya día tienes hoy!
—¡Si no fuera porque te aprecio...! Anda, espérame aquí sentado. En seguida vuelvo.
—¡Por favor! ¿Se puede saber adónde vas ahora?
No me respondió. Se alejó presuroso, sorteando la gente que encontraba a su paso. Su figura se entremezcló con el bullicio, y pronto lo perdí de vista.
Me entretuve viendo el ir y venir de la muchedumbre. La transitada vía albergaba un incesante tráfico; se había formado un gran atasco y los conductores desesperaban por la tardanza: bocinazos, juramentos, amenazas, improperios componían una amalgama de ruidos estrepitosos, capaces de desquiciar al más templado. A los peatones tampoco se los veía muy satisfechos, pues llevaban el ceño fruncido y caminaban de prisa, sin reparar en sus semejantes. Todos ellos se me figuraban robots, programados para ejecutar la misma consigna demencial. Quizá no apreciasen lo desgraciados que eran y lo deshumanizados que estaban, pero a mí me dio pena ver en qué se estaba convirtiendo la sociedad: tan mecanizada que había perdido la capacidad de relacionarse y reír.
De repente me sentí muy solo;  tuve frío y miedo, y me pregunté qué sería de mí si Caronte hubiera decidido abandonarme.  Me trastornaba que se diera esa posibilidad. Pero pronto se disiparon mis temores al ver su figura haciéndose paso entre la gente: corría con premura. Cuando llegó a mi lado tenía congestionado el rostro y jadeaba debido al esfuerzo.
—¡Vámonos! –exclamó apremiante.
Ocultaba un bulto bajo la camisa raída. Me hizo levantar y, llevándome a la carrera, no dejó que me detuviera ni mirara atrás hasta haber recorrido un buen trecho; después aflojó el paso y me enseñó unos zapatos flamantes.
—¿Te gustan...?
—Sí. Son una virguería. ¿De dónde los has sacado'
—¿Verdad que son preciosos? –dijo, soslayando la pregunta–. Espero haber acertado con el número. Pruébalos.
—Los robaste, ¿eh? ¡Eso no está bien, Caronte, no me parece correcto! Habíamos acordado que no lo volverías a hacer. No pienso ponérmelos. ¡Lo único que me faltaba...! ¡Paria, mendicante y para colmo cómplice de robo!
—¡Malditos seáis tú y tus melindres! –exclamó, con las mejillas arreboladas por la ira. Y presa de cólera estampó los zapatos en el suelo.
—Tampoco es para ponerse así –dije, intentando aplacar su enfado.
—¡Cómo no me voy a poner si he corrido el riesgo de que me pillaran cogiendo los zapatos y encima dices que no los quieres! ¿Consideras que esto es robar...? ¡No, muchacho, esto sólo es una ratería! Robar es despojar a los más pobres del sustento. Roban lo bancos o, lo que es lo mismo, los putos usureros, que esquilman a los idiotas que hipotecan su vida a cambio de cuatro paredes. Roban los empresarios a sus obreros, que además de pagarles una miseria les anulan la capacidad de ser personas y los convierten en números, en autómatas. ¿Recuerdas a los antroponíricos? Pues bien, eso es lo que son: devoradores de energía y de sueños. Además, si hubiera un reparto equitativo de las riquezas no habría necesidad de apropiarse lo ajeno, y tampoco habría tanta miseria y hambre en el mundo.
—Ignoraba que fueses comunista.
—¿Comunista...? Te equivocas... ¡Soy carontista!
—¿Carontista...? No entiendo el significado de esa palabra.
—Ser carontista significa ser yo mismo: Caronte; actuar de acuerdo con mis criterios y no dejar que otros me hagan comulgar con ruedas de molino. Jamás me dejaré adoctrinar por los que llamándose a sí mismos comunistas, socialistas, fascistas y un largo etc. de "istas" manipulan y joden al público en aras de una política que, por supuesto, sólo sirve a sus propios intereses. Yo tengo una política hecha a mi medida, en virtud de la cual vivo y dejo vivir. ¿Y qué decir de esa sarta de fanáticos fundamentalistas que pululan por el Orbe, que al amparo de una religión –no importa cuál, puesto que todas vienen a converger en lo mismo– han subyugado y oprimido a los más débiles hasta la saciedad? ¿Sabes por qué esos exaltados tienen tanto interés en hacer prosélitos...? Según ellos, para hacer una conversión; pero no es más que otra de sus muchas falacias. Yo te diré lo que en verdad significan sus predicados: una humillación ignominiosa, de la que se valen para detentar la hegemonía del Poder. Erigiéndose en jueces y verdugos acusan al vulgo de haber ofendido a Dios, y le inculcan el sentido de culpabilidad, porque saben que imbuido de ese sentimiento jamás osará rebelarse contra ellos. ¡Pobre pueblo...! ¡Nunca advertirá que haber nacido pobre es su único pecado!
—No sólo eres carontista... También eres subversivo y maleante –aseguré despectivo.
Quería vengarme de él por el bochorno que me había hecho pasar momentos antes. Pero mi intención resultó fallida, pues se dio cuenta de mi propósito y no se alteró ni un ápice. Además se había despachado a gusto despotricando contra los estamentos político-religiosos, y en aquellos momentos no quedaba ni rastro de su enfado.
—De subversivo nada –negó con sonrisa beatífica–. Y no intentes colgarme etiquetas, es algo que detesto.
—Permíteme una pregunta. Sé que no te gusta hablar de ti mismo ni de tu vida privada, pero...
—¿Qué quieres saber ahora? –interrumpió, y encajando las mandíbulas me miró de soslayo.
—¿Eres creyente?
—¡Ah... Era eso ! –exclamó, relajando la tensión facial–. ¡A ti qué te importa! –respondió risueño. Y eso quería decir que a poco que yo insistiera estaría dispuesto a satisfacer mi curiosidad.
—Venga, Caronte, dímelo: ¿Crees en Dios?
—Depende de lo que tú entiendas por "dios". ¿Acaso una representación ridícula en un trozo de escayola o cualquier otro material...? ¿Un ser furioso...? Si es así te diré no, no creo. Ahora bien, si me hablas de un dios que tiene su máximo exponente en la Naturaleza, te diré que como parte integrante de la misma no puedo negarlo; porque sería negarme a mí mismo, y es evidente que existo. A propósito –dijo señalando el vasto océano con gesto ensoñador–: Ahí tienes una hermosa prueba de que la Naturaleza es el Ser Supremo.
El mar se mostraba ante nosotros en toda su belleza. El cielo proyectaba destellos multicolor sobre la superficie del agua. Las olas rompían contra el malecón, demostrando su poderío a los hombres, advirtiendo explícitas que eran bellas e intocables y sólo rendirían pleitesía a Neptuno: su amo; y sugestivas lamían la orilla de la playa, a la espera de que algún incauto quedara atrapado en su seno y así poder ofrendárselo a su rey.
Caronte interrumpió mis pensamientos.
—Bajemos a la playa. Tal vez consigamos que la marea nos cuente los secretos de la Luna.
—¿Te ha salido la vena poética?
—¿Vena poética...? –y agitando la mano con gesto amenazador–. ¡Vas a saber lo que es poesía auténtica como te niegues a poner los zapatos!
Me descalcé y corrí hacia la playa, fingiendo estar muy asustado. Al tocar mis pies desnudos las doradas partículas, sentí una emoción absurda y se me humedecieron los ojos. Traté de ocultar mi rostro a Caronte, temiendo ser presa de su escarnio; pero no se le pasó desapercibido el gesto.
—¿Qué te ocurre, muchacho?
—No lo sé. Supongo que el océano me hace sentir tan ínfimo como una de estas arenas.
—¡Estás llorando!
—¡Qué pasa...! ¿Los hombres no podemos llorar? ¿Acaso está prohibido?
—No, no... ¡Por mí llora cuanto quieras! –y socarrón–. Pero yo que tú entraría en el mar, para incrementar la salinidad de sus aguas.
—¡Serás mala persona...!
—Sabes perfectamente que me importa un huevo lo que opines de mí.
Me tumbé al sol y cerré los ojos. No tenía pensado dirigir la palabra a Caronte, al menos durante un par de horas; pero unos ladridos de cachorro me hicieron cambiar de opinión.
—¿De dónde ha salido este chucho?
—No tengo ni zorra –respondió indiferente.
—Ven, perrito, ven –dije chasqueando los dedos.
El cachorrillo se me aproximó gozoso y retozón. Carecía de identificación que lo acreditara propiedad de alguien, y me recordó a mí mismo. Sentí lástima del animal, y se me ocurrió que puestos ya bien podríamos incorporarlo a nuestro equipo de errabundos.
—¿Qué te parece si nos lo quedamos, Caronte?
—¡Ni se te ocurra! –denegó con acritud–. ¡No me gustan los perros!
—A mí sí. ¡Hola, perrito! –saludé, acariciándole el lomo. El perrito movió la cola, en señal de agradecimiento–. Pobrecillo. Te sientes solo, ¿verdad? Yo también.
—¡Hay que joderse...! ¡Y todo el mundo! ¿Acaso crees que tienes la exclusiva? ¿Ignoras que la soledad es la manifestación de la individualidad? ¡Todos estamos solos; pero nos da miedo aceptar la evidencia, máxime teniendo en cuenta que no somos más que átomos, compuestos en su mayor parte de espacio vacío! –exclamó, y derrotista–. No somos más que una gran oquedad. Simples marionetas, interpretando un jodido monólogo en el Gran Teatro del Universo.
—¿Por qué te obstinas en llevar todas las conversaciones al terreno filosófico? –amonesté irritado–. ¿Tienes complejo de filósofo, Caronte?
—¡Vete a...! ¿No sabes que las cuestiones hay que desmenuzarlas para poder llegar a comprender la locura de la vida? ¿Por qué no comprendes que todo es marchitable y efímero y sólo la huella que profundiza es inmarcesible?
Aunque no quise confesarlo sabía que él estaba en lo cierto: sólo la sabiduría perdura, y todo lo demás se marchita y desaparece sin dejar rastro.
Dirigí la vista al horizonte, esa línea imaginaria que parece unir el cielo con la tierra, y me pregunté si la propia existencia no sería también una visión imaginada; una fabulación de la mente, conjurada con la retina para confundirnos. Deseché la idea por descabellada y junté las palmas de las manos, para sentir mi propia materia y demostrarme que estaba equivocado. Pero cuál sería mi sorpresa al comprobar que aquellas manos no me pertenecían, que me eran desconocidas..., ajenas. Lanzando un alarido las golpeé contra la arena, en un vano intento de arrancármelas; pero no logré desprendérmelas de las muñecas. Continué golpeándolas con frenesí, y en un santiamén las partículas salinas se tiñeron de sangre.
—¡Adrian...! ¿Qué estás haciendo...? ¡Contesta, dime algo...! –imploró Caronte–. ¡Auxilio! ¡Ayuda, por favor! ¡Por todos los santos, que alguien solicite los servicios de una ambulancia!
—¡Me han cortado las manos, y me han implantado otras! ¡No las quiero, Caronte, son extrañas y perversas y sé que me obligarán a realizar actos en contra de mi voluntad!
—¡Serénate, no te preocupes por ellas...! ¡Haré que te devuelvan las tuyas...!
—¿Harías eso por mí...? No sabes cuánto te lo agradezco, amigo.
Después de pronunciar esas palabras, una oscura nebulosa cegó mi mente. Pero antes de perder la noción de cuanto me rodeaba sentí que unos brazos vigorosos me sujetaban con fuerza.
 
© María José Rubiera Álvarez