martes, 20 de diciembre de 2016

Los antroponíricos (cap. XI)

Las horas siguientes las pasé sumido en un duermevela. Pero paulatinamente los periodos de vigilia fueron acrecentándose y los pensamientos definiéndose con más claridad. Durante esos momentos de lucidez plena pensé en Milahi, en su parecido con Rizaure, y tuve que asumir el hecho de que éste y el prestidigitador no eran la misma persona. Sin duda la semejanza entre ambos era meramente casual, pero, ¿por qué el doctor actuaba como si me conociera de antaño? Mis cavilaciones no se centraron únicamente en el psiquiatra, sino que también ocupó mi pensamiento aquella historia del asesinato. No cesaba de preguntarme quién sería la víctima y por qué motivo recaían sobre mí las sospechas.
Los primeros signos de vida matutina me hicieron despertar definitivamente: enfermeras desplazándose por los pasillos, murmurando quedo para no molestar a los internos; alguna que otra tos proveniente de las habitaciones contiguas, el ir y venir de los encargados de la limpieza... Apenas si habían transcurrido unos minutos cuando un enfermero entró en la habitación y me condujo a la sala de radiología. Después de hacerme varias placas, pasamos a un laboratorio abarrotado de redomas y probetas. Me sometió a todo tipo de análisis y una vez pasada la tortura me acompañó de nuevo a la habitación, donde me sirvieron la comida.
 
La tarde estaba avanzada cuando el psiquiatra pasó a visitarme.
 
—Me ha sido imposible venir antes –y con chanza–. La tarea se multiplica cuando hay luna llena. ¿Me has echado de menos? ¿Te han atendido bien?
—Sí –respondí lacónico.
—Sí, ¿qué...? –bromeó–: ¿Que me has echado de menos o que te han atendido bien?
—¿Qué le parece si reanudamos la conversación interrumpida ayer? –pregunté a mi vez.
—¡Qué poca consideración tienes conmigo! –exclamó emitiendo un suspiro–. Estoy agotado de hablar, y tú pretendes agotarme aún más –y haciendo un gesto de resignación, que delataba cierta comicidad–. Está bien. Por tratarse de ti, haré un esfuerzo. Vayamos a mi gabinete, supongo estarás harto de permanecer en esta habitación.
—Así es. Le recuerdo que estoy retenido contra mi voluntad.
—Lo siento de veras, Adrian.
—Sentirlo no es suficiente –reproché.
—No puedo hacer otra cosa que atenderte lo mejor posible.
—Ya –asentí lacónico.
 
Hicimos el recorrido hasta el despacho de Rizaure, sin pronunciar palabra. Consideré que era la mejor postura que ambos podíamos adoptar, puesto que éramos dos extraños que no tenían nada que decirse mutuamente.
 
—Aquí estaremos más cómodos –aseguró, abriendo una puerta que comunicaba con el  despacho y daba acceso a sus dominios privados.
 
La estancia se distinguía por su elegancia y austeridad: sofás tapizados en cuero marrón, un sillón de lectura situado de espaldas a la librería, que ocupaba toda la pared; un pequeño bar y varias mesilla auxiliares componían el mobiliario. Las luces indirectas y la chimenea, donde crepitaban alegres unos leños, lograban un efecto cálido y relajante.
 
—¿No quieres sentarte? –preguntó al ver que yo aún permanecía en pie.
—Gracias, estoy bien así –dije, y acercándome a la librería fingí interesarme por un libro.
—¿Te apetece tomar algo? –preguntó examinando el contenido del mini bar–. No te conviene tomar alcohol, pero puedo ofrecerte tónica, bitter, mosto, agua...
—Nada. Gracias.
—Yo sí me tomaré una copa –afirmó. Y después de servirse una generosa dosis de whisky tomó asiento en el sofá y encendió un cigarrillo.
—Se está bien aquí. Me gusta este lugar, doctor –dije mirando a mi alrededor.
—Lo sé. Siempre te ha gustado mi leonera. Anda, siéntate.
—¿Siempre...? –pregunté, ocupando el sillón destinado a la lectura.
—Cuánto daño te han infligido, Adrian. Te veo tan cambiado... –dijo conmiserativo.
—¡Por favor, no dramatice!
—Disculpa. No era mi intención molestarte.
—No necesito compasión, sino respuestas –respondí desabrido.
—Me apena verte sumido en la desorientación. He de confesarte que me he permitido el atrevimiento de invadir tu privacidad.
—¿A qué se refiere?
—He leído tu Diario, Adrian. Sé que no ha sido muy ético por mi parte, pero esperaba encontrar en sus páginas algo que desentrañara el porqué de tu estado actual.
—No sé de qué me habla.
—Disculpa un segundo –dijo excusándose, dirigiéndose con resolución a la estancia contigua. Casi al instante regresó con la bolsa de Caronte. Descorrió la cremallera, sacó del interior un cuaderno de pastas azules y lo agitó ante mis ojos.
—¿Esto te dice algo...? No me digas que no lo recuerdas, porque no me lo trago. Es posible que estés aturdido y confuso, pero si recuerdas la bolsa por fuerza has de recordar qué hay en su interior.
—Esa bolsa no es mía. Pertenece a mi amigo Caronte.
—¿Y esto tampoco es tuyo...? –preguntó, mostrándome un carné y varias tarjetas de crédito–-. ¿Y qué me dices de esto...? –dijo, mostrándome una agenda.
 
Después de echarle un vistazo a cada uno de los documentos, me di cuenta de que resultaban evidencias irrefutables.
 
—Ahora comprendo... ¡Maldito Caronte...! Se ha burlado de mí todo el tiempo. Le otorgué mi amistad y en pago se apropió mis efectos personales.
—Perdona, hay algo que se escapa a mi entendimiento: ¿Por qué no has reparado en ese detalle hasta ahora...? Se supone que en un momento dado la gente utiliza sus credenciales, o consulta la agenda. Además, si como aseguras es un amigo, ¿quieres explicarme qué propósito le guiaba?
—Le gusta apropiarse de lo ajeno. Eso es todo –respondí, evitando dar más explicaciones.
 
En mi fuero interno hice una rápida reconstrucción de los hechos. El día del proceso, de camino a la aldea Caronte se había tropezado el automóvil, en apariencia abandonado, y no se lo pensó dos veces a la hora de desvalijarlo. Pero había un detalle que no encajaba: ¿Por qué no habíamos hallado ni rastro del coche? La única explicación plausible era que Caronte, amparándose en mi confusión, me había conducido por otra carretera.
 
—De modo que es un ladrón. Dame una descripción de ese hombre, por favor.
—Rubio, delgado, estatura meda... La recepcionista podrá darle más detalles al respecto, puesto que él fue quien me trajo a la clínica.
—Me temo que no –y ratificó la negación con un gesto.
—¿No ha sido él? Entonces ¿quién me ha traído?
—Verás, Adrian... –dijo titubeante–. Parece ser que estabas en la playa y comenzaste a desvariar, hasta el punto de agredirte a ti mismo. Unos agentes te trasladaron a la clínica.
—¡Qué casualidad, doctor! –exclamé irónico.
—Supongo que determinaron ingresarte aquí por el hecho de figurar esta dirección en tu agenda. ¿Lo ves...? –dijo, mostrándome la agenda.
—¿Intenta hacerme creer que Caronte no estaba conmigo?
—Estabas solo, Adrian –afirmó con rotundidad.
—¡Dios santo! ¡Es para volverse loco!
—Dime con sinceridad qué te ocurre. A menos que intentes colaborar, no podré averiguar con exactitud cuál es tu dolencia.
—¿Quiere que sea su conejillo de indias?
—Si mantienes esa actitud, me será difícil ayudarte.
—Lo siento. Le pido disculpas, doctor.
—Estás disculpado. ¿Quieres sincerarte conmigo, por favor? –suplicó humildemente–. Confía en mí. Te aseguro que no te arrepentirás de haberlo hecho.
—Mis recuerdos han desaparecido –confesé, no sin cierta renuencia.
—Eso explica muchas cosas. ¿Sabrías decirme cuánto hace se originó la amnesia?
—Pues... Si no me equivoco, creo que hace dos semanas —dije, después de repasar mentalmente los días.
—¿Recuerdas todos los hechos acaecidos a partir de entonces, hasta el más mínimo detalle?
—Así es. ¿Representa un dato relevante?
—Sí. ¿Tienes algún recuerdo anterior a la presentación del episodio amnésico, aunque sea breve y fugaz? Es importante, Adrian.
—No lo tengo. ¿A qué se debe la pérdida de memoria, doctor?

Se recostó en el respaldo del sillón, formó una pirámide con las yemas de los dedos y su voz adquirió un tono profesional.
 
—En ocasiones, la etología del trastorno es orgánica. Ponto tendré el resultado de las pruebas que te han realizado hoy, y entonces podré determinar con detalle si se debe a un trauma somático o psíquico.
—Parece complicado.
—El tiempo lo resuelve todo. Mañana y los siguientes días hablaremos largo y tendido sobre ello. Ahora ya no debes agotarte más –afirmó. Y dando por terminada la conversación se puso en pie, sin concederme la oportunidad de abordar el tema del homicidio. Ya en el dormitorio me dio a tomar unas píldoras y no se despidió de mí hasta asegurarse de que comenzaban a doblegar mi consciencia–. Buenas noches, Adrian –dijo al despedirse.
—Igualmente –deseé, aparentando somnolencia.
 
El llavín giró en la cerradura. Me dirigí al baño y me deshice de los odiosos comprimidos. No tardé en quedarme dormido, y soñé con Caronte: carecía de rostro, pero poseía una voz gutural y cavernosa; ora yacía en el suelo, rodeado de un gran charco de sangre, ora era yo quien ocupaba su lugar. Al cabo de unas horas desperté sobresaltado. Ya no pude conciliar el sueño y comencé a elucubrar cuestiones referentes al asesinato. "Caronte no ha vuelto a visitarme. ¿Le habrá sucedido algo?" me preguntaba sin cesar. Si bien era verdad que me había hecho una visita estando internado y eso por tanto me dejaba limpio de toda sospecha, al parecer nadie tenía constancia de ello. Además, si el doctor aseguraba que ni él ni el personal a su servicio lo habían visto en la clínica cómo podría yo justificar que decía la verdad al respecto. La situación  no se presentaba halagüeña. En el supuesto de que mis temores no fueran infundados y le hubiera ocurrido algo a Caronte, cabía pensar que la policía ya habría hecho sus averiguaciones. Estarían al corriente de quién había frecuentado su compañía, y yo sería el principal sospechoso. Sólo me consolaba pensar que mi inocencia sería demostrada en cuanto le fuera practicada la autopsia, la cual esclarecería el día y la hora de la muerte. Aunque también cabía la posibilidad de que la víctima fuese Aramis.

No tardaría en ver despejadas todas mis dudas.

© María José Rubiera Álvarez