viernes, 9 de mayo de 2014

Los antroponíricos (Caronte – cap. II)

Los débiles rayos solares se filtraron a través de las rendijas de la madera, y mis párpados se abrieron perezosos.
Las pasadas horas nocturnas se proyectaron en mi pensamiento en una sucesión de imágenes ininterrumpidas. Pero mis recuerdos se limitaron a recrear aquel breve y reciente transcurso de tiempo: continuaba siendo un ente sin memoria. Estiré los miembros entumecidos y salí al exterior, donde aún se apreciaban restos de la escarcha caída durante la noche. La claridad diurna delataba mi aspecto desaliñado, mi indumentaria sucia y arrugada. Atusé el cabello, sacudí las briznas de heno adheridas a la ropa y me aventuré por las rúas empedradas: las viviendas permanecían con las puertas cerradas y los postigos echados. Consideré inoportuno molestar a los lugareños puesto que aún era hora temprana, a juzgar por la posición del sol, y decidí aplazar hasta más tarde la demanda de auxilio.
La aldea se hallaba circundada por una muralla teñida de gris pizarroso. El murallón estaba dotado de numerosas atalayas desde las que se dominaba la extensa cordillera, con sus ondulaciones y relieves. También se divisaba un hermoso valle y algún que otro caserío aislado que, a efectos visuales, debido a la distancia, bien podría confundirse con la obra de algún liliputiense. Las casas, de construcción antiquísima, se agrupaban en torno a una iglesia de origen gótico cuya cúpula elevada enviaba preces al cielo. La estrechez de las rúas empedradas casi permitía que los vecinos de ambos lados de la calle pudieran fundirse en un abrazo con sólo asomarse a los ventanucos. Las reminiscencias del pasado estaban latentes en cada piedra. Pero lo más notorio del lugar era un castillo que se erigía desafiante sobre la escarpada cumbre montañosa.
Durante mi recorrido por las callejuelas no tropecé con persona alguna. El silencio, sólo alterado por algún que otro inquilino de porquerizas y corrales, había sido en todo momento la tónica dominante. No dejó de causarme cierta extrañeza, dado que de todos es sabido lo madrugadora que es la gente que se ocupa en las faenas agrícolas. Aunque me alegró que así fuera, pues me apetecía asearme un poco antes de presentarles mis respetos a los aldeanos.
Y con este propósito me aventuré por un sendero en busca de una fuente, o un riachuelo donde pudiera llevar a cabo mis abluciones. No tardé en sentir el canto murmurante de un río, y aproximándome a su orilla chapoteé un buen rato en las gélidas aguas. Después de aseado, mi aspecto adquirió notable mejoría; pero temiendo que aún fuera temprano para molestar a los campesinos, continué el paseo por la vereda, bordeando el curso fluvial.
El milagro de la primavera recién estrenada hacía que los avellanos, alisos y abedules exhibieran sus inflorescencias ambarinas, recreadas por el espejo verde y cristalino de los remansos. Pronto el camino se hizo más pedregoso y empinado por momentos, y la vereda dio paso a un desfiladero umbrío y angosto, donde en algunos tramos apenas si cabía el cuerpo de un hombre. El río discurría ahora varios metros por debajo de la garganta, regando el fondo de un barranco, y acogía en su seno el agua de los torrentes que se catapultaban estrepitosos desde las cumbres montañosas, contribuyendo a la formación de helechos, musgos y líquenes. Coronando los colosales picos riscosos, el cielo lucía su azul aterciopelado.
Tuve la vívida sensación de que el génesis se había hecho verbo en aquel paraje; porque todo en él hablaba de ancestros, en un lenguaje mudo pero inteligible para quien supiera interpretar lo arcano. En una pérdida absoluta de la noción de la realidad, el presente se me convirtió en una quimera diluida en el pretérito y asistí a mi propio nacimiento, pero no como hombre sino como larva y viví los posteriores estadios de metamorfosis hasta culminar en ser humano. La experiencia metafísica, percibida apenas escasos segundos, me hizo pensar que la privación de memoria y la soledad me estaban haciendo muy vulnerable, y decidí dar por terminada la excursión y volver sobre mis pasos. Ya de nuevo en la aldea me encontré con un hombre de edad avanzada solazándose en el atrio de un corral. Era un viejo de piel apergaminada. Las orejas, peludas y enormes, le sobresalían de una boina calada hasta las cejas. Tenía la barbilla hundida en el pecho, y observaba ensimismado las evoluciones de una vara de avellano que giraba a impulsos de su mano temblorosa. Al apercibirse de mi presencia elevó la cabeza con gesto ausente. Pero no respondió al saludo que le dirigí y sus pupilas lacrimosas, veladas por las cataratas, volvieron a centrarse en el pasatiempo.
—¿Podría avisar de mi presencia a su familia, señor? –pregunté con voz pausada.
—Famiiilia..., famiiilia..., famiiilia... –dijo tartamudeando–. ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Te refieres a los hijos, ¿verdad?
—En efecto. ¿Sería tan amable de hacerme ese favor?
—No están.
Negó con la cabeza, y haciéndose a un lado en el banco que ocupaba con un ademán me indicó que tomara asiento.
—Están allí –afirmó enarbolando el palo y señalando en dirección al castillo–. A mí también me hubiera gustado ir a verlo.
—¿Ver qué, abuelo?
—Eso... No me acuerdo cómo se llama –y con voz quejumbrosa–. Todo el pueblo ha ido a verlo, ¿sabes? Pero los muy cabrones no me han querido llevar. Me han dejado aquí, tirado como si fuera un perro –se lamentó.
—¡Cuánto lo siento! Pero no se apene, por favor.
—Para ellos no soy más que un trasto viejo.
—No diga eso, seguro que le quieren mucho.
—No, no... Son muy malos conmigo, si no ¿por qué no me llevaron a verlo?
–Quizá pensaron que sería lo mejor para usted.
—Pues yo quería ir a verlo –porfió con terquedad.
—¿Por que es tan importante para usted, abuelo?
—¡Porque es un monstruo! –exclamó con voz apenas audible.
—¿De veras? –y no pude menos que reír la ocurrencia, aunque era evidente que no controlaba muy bien sus facultades mentales.
–No te rías, no. ¡Como hay Dios, que es verdad! –aseguró, y en voz baja me susurró al oído–: Si me prometes no decírselo a nadie te contaré un secreto.
—Se lo juro –afirmé siguiéndole la corriente.
—Verá usted... El caso es que todos creen que estoy mal de la cabeza, pero me hago pasar por chiflado porque me conviene. ¿A usted le parece que estoy turulato?
—No, en absoluto. Si acaso un poco despistadillo, pero eso es propio de la edad. ¿Cuántos años tiene, abuelo?
—¡Ja! ¡A ti qué te importa! ¿Cuántos me echas? ¡Jesús...! ¡Mira! ¡El oso ha vuelto! –exclamó de pronto con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Y en su desvarío, tomando por un oso lo que no era más que un montón de leña, se puso en pie sobre sus piernas temblorosas.
—¡Esta vez no se me escapa! ¡Pronto, tráeme la escopeta!
—Vamos, abuelo, tranquilícese. El oso ya se ha marchado.
—¡Te digo que aún está ahí! –exclamó frenético.
De pronto clavó sus pupilas en las mías y preguntó:
—¿Qué haces aquí...? ¿Eres mi nieto...? Que Dios te proteja de los malos espíritus.
 
Aquel guiñapo desdentado, frágil y decrépito, que otrora había sido un hombre, se persignó repetidas veces y comenzó a decir palabras sin ilación ni sentido. Al cabo de unos minutos tomó asiento de nuevo y, sumergido en ese mundo tan particular llamado Demencia, volvió a ensimismarse en el juego interrumpido por mi llegada.
Abandoné la compañía del infeliz anciano, pensando en cuánta indefensión acecha al hombre a pesar de sus delirios de grandeza y su obstinación en considerarse el centro del universo. Y me dispuse a llevar a cabo, de una vez por todas, el propósito que me había guiado hasta la aldea. Pero pronto me percaté de que no todo lo dicho por el anciano había sido fruto de una fabulación, que algo había de cierto en cuanto a la concentración de los aldeanos en el castillo, pues las desiertas callejuelas corroboraban sus palabras.
A pesar del poco crédito que me inspiraba el pobre senil, la curiosidad me impulsó a tomar aquella dirección.
 
© María José Rubiera Álvarez