martes, 26 de agosto de 2014

Los antroponíricos (Caronte –cap. IV–)

Caronte rondaría los cuarenta, pero probablemente aparentara esa edad debido a la incipiente calvicie. Delgado y de estatura media, rubio, nariz aquilina, boca grande y labios finos que al cerrarse formaban una línea recta y en ocasiones se fruncían con gesto voluntarioso; mentón cuadrado que delataba a su poseedor como un ser independiente, de voluntad irreductible. Los ojos, de un acerado azul grisáceo, cuya penetrante mirada parecía bucear en lo más íntimo del pensamiento del interlocutor, eran el rasgo más destacado de aquel rostro anguloso y marmóreo, en el que empezaba a despuntar la barba. En definitiva un hombre corriente, uno más entre todos los que conforman la gran marea humana. Aunque resultara prematuro formarse un juicio sobre su personalidad, al margen de los defectos inherentes a todo ser humano, daba la impresión de ser una buena persona, amén de atento y agradable.
 
 
—¿Tienes hambre? –preguntó de súbito.
—No mucha.
—Yo sí. ¿Qué te parece si hacemos un alto para reponer fuerzas? Sígueme.

Saltó con agilidad el cercado de una pradería. Emulé su acción y buscamos acomodo bajo la sombra de un árbol. El manto herbáceo hizo las veces de mantel y sobre él dispuso con diligencia una hogaza de pan, queso y dos botellas de vino.

—Toma –dijo tendiéndome unas rebanadas de pan y queso.
—No, gracias, no tengo hambre.
—Venga, hombre, no te hagas de rogar. A saber cuánto hace que no ingieres alimento.
—La verdad es que no me acuerdo.
—¡Esto es el colmo! ¿Debo entender que te parece poca cosa lo que te ofrezco?
—No se lo tome como un desprecio, por favor. No quiero abusar de su amabilidad, eso es todo.
—Puedo entenderlo, pero entiende tú también que el orgullo no sirve de nada cuando se está en situaciones límite –y frunciendo el entrecejo–. Lo sé por experiencia.
—Le prometo que no es cuestión de orgullo.
—Déjalo ya, muchacho, y come tranquilo. ¡Y no me trates de usted, demonios!
—De acuerdo.
—¡Vamos a celebrar nuestro encuentro! ¿Te gusta el vino...?

Me pasó una de las botellas y acepté de buen grado: estaba helado de frío y necesitaba un estímulo que me hiciera entrar en calor. Pero apenas mis labios habían llegado a rozar el cristal cuando él interrumpió el gesto.

—No bebas, espera un segundo. Propongo un brindis.
—¿Por quién brindamos?
—Por la amistad. Y también por la Justicia.
—¿Crees que esa señora se merece un brindis?
—Sí –afirmó rotundo–. Tal vez los que la administran no sean del todo eficaces, pero siempre queda el recurso de hacerla triunfar por cuenta propia. Ya sabes: "ojo por ojo..."
—Eres drástico, Caronte.
–Tal vez lo sea –dijo echándose a reír–. Pero yo no lo he inventado.

Después de hacer un brindis por la amistad hicimos otro por la justicia. A continuación brindamos por la ley del talión, por Hammurabi y por la divina Shamash –que según dijo era asociada con la ley de la justicia en la antigua Babilonia–, incluso hicimos un brindis por él y por mí. Una primera botella dio paso a la segunda y continuamos bebiendo hasta apurar la última gota. Caronte se puso en pie y riéndose a carcajadas comenzó a bailar torpemente. Resultaba cómico y a la vez un poco triste ver a un hombre de apariencia tan seria hacer el ridículo.

—Menuda mona has pillado. Para, por favor, no vaya a ser que te estrelles –advertí.
—Estoy muuuy pero que muuuy alegre –dijo divertido, y cesando en sus evoluciones se sentó a mi lado, se quitó los zapatos y se tendió cuan largo era en la hierba–. ¡Uf, qué cansado me siento! –confesó con lengua estropajosa, como es habitual en los borrachos–. Hoy he recorrido un sinfín de quilómetros para presenciar el proceso. Lástima que lo suspendieran.
—A propósito del proceso, ¿quiénes son los antroponíricos? ¿Por qué inspiran tanto odio?
—Olvídalo.
—Pero... ¿qué ocurre con ellos? –pregunté de nuevo y quizá en circunstancias normales no lo hubiera hecho, pero creo que me permití el atrevimiento animado por la gran cantidad de alcohol que circulaba por mis venas.
–¡Te he dicho que lo olvides (...)!

Esta vez la respuesta fue tajante. Observé a hurtadillas el rostro taciturno, enrojecido por el exceso de alcohol: su alegría se había evaporado como por encanto. Las pupilas grisáceas se perdían en la lejanía y en su expresión aprecié una extraña mezcla de odio y miedo. Estaba claro que el simple hecho de mentar a los antroponíricos hería su fibra más sensible. Me pregunté quiénes serían y por qué Caronte eludía hablar de ellos, pero ahogué mi malsana curiosidad y me recriminé por querer ahondar en la intimidad ajena.
 
—Me has dicho que te llamas Adrian, ¿verdad? –preguntó rompiendo el embarazoso silencio.
—Sí... –afirmé, y supuse que había llegado la hora de las confidencias.
—Bien, Adrian, ¿qué te ha traído por estos lugares?
—Es largo de explicar.
—Yo no tengo prisa –aseguró soltando una carcajada–, ¿y tú?
—Tampoco.
—¿Eres un fugado de la justicia?
—No, por favor. ¿Qué le hace pensar semejante cosa?
—¡Coño, qué manía con el usted! –rezongó–.  ¿Qué quieres que piense cuando todo en ti resulta sospechoso...? No tienes aspecto de vagabundo y sin embargo estás hecho unos zorros.  No llevas equipaje, ni siquiera una mísera mochila. Además, tus ojos me dicen que estás asustado. Desahógate; pienso que te vendrá bien.
—No estoy asustado.
—¡Lo estás!
—Se equivoca.
—Lo estás. No se puede engañar a un viejo coyote, muchacho.
—Usted gana. Perdón..., tú ganas.
—¡Estaba seguro de ello! –exclamó triunfal.
—Pero no es lo que te imaginas –y en pocas palabras le expuse mi situación.
—¿No recuerdas absolutamente nada?
—Nada, salvo la noche pasada y el día de hoy.
—¿Dispones de alguna credencial? Te sería de gran ayuda verificar quién eres y de dónde procedes.
—Supongo que la amnesia me ha creado un estado de confusión ya que en ningún momento se me ocurrió reparar en ese detalle. Cabe suponer que he dejado la documentación en el coche. No lo sé... Estaba tan atolondrado cuando divisé las luces de la aldea...
—No debes preocuparte más. Dentro de un rato, cuando hayamos reposado la comida, te acompañaré hasta el lugar donde has dejado el vehículo. Ahora necesito dormir una siesta. A ti tampoco te vendría mal descansar un rato.
—Eres muy amable. Gracias.
 
Me tendí sobre la hierba, abatí los párpados y me dispuse a hacer caso de la sugerencia de Caronte. Pero después de dar vueltas sin cesar desistí del empeño. Él tampoco dormía –probablemente contagiado por mi desasosiego–, y con voz somnolienta dijo:
 
—Eres incapaz de pegar ojo, ¿eh? Seguro que tienes frío. Te voy a dejar un jersey.
—Te lo agradezco de veras. Espero poder pagarte algún día lo que estás haciendo por mí.
—Vamos... No te deprimas, muchacho.
—Es fácil dar consejos, pero es duro no saber quién eres ni de dónde vienes...
—Y eso qué –atajó elevando los hombros–. ¿Conoces a alguien que lo sepa?
—¡Vaya, Caronte! –exclamé malhumorado–. ¡No me refiero a la incógnita que desde hace siglos ha traído en jaque al hombre...!
—¡Frena el carro, muchacho! ¡Ya no me queda rastro de sueño (...)!
—De veras lo lamento.
—Más lo lamento yo.
—Disculpa mi malhumor. Sé que estoy un poco irascible. A veces me asalta la sensación de estar viviendo un episodio irreal, y eso me exaspera. Es una experiencia desconcertante, ¿sabes?
—¡Irrealidad o realidad: he aquí la cuestión! ¿Podrías delimitar ambos reinos? ¿Precisar dónde termina el uno y comienza el otro? No, ¿verdad?
—¡Qué tontería...! Aún debes de estar borracho.
—No es tan absurdo como te imaginas. Irrealidad o realidad no dejan de ser simples términos para definir algo abstracto y los vocablos, por mucho que se lo propongan, jamás lograrán materializar algo tan sutil. Además, las palabras no son dignas de respeto. ¡Te voy a contar una historia! Bueno... si tú me lo permites.
—Claro. Por mí puedes contar lo que se te antoje –concedí con amabilidad. Aunque en mi fuero interno me dije que debía armarme de paciencia pues daba por supuesto que Caronte, debido a la cantidad de alcohol ingerido, diría una memez.
Con aire ceremonioso comenzó la narración:
 
–Cuenta la leyenda que hace muchos milenios, cuando los humanos que poblaban la Tierra estaban en estado primitivo aún, nació el Pensamiento y le fue conferido el mayor privilegio que jamás pudiera soñar mortal alguno: la prerrogativa del libre albedrío. Amparado en esta potestad, siempre acompañado de su inseparable amiga, llamada Conciencia, inculcó a los humanos el valor de la igualdad, la libertad, la justicia y el respeto. Esta máxima se extendió como reguero de pólvora por todo el Planeta, siendo acatada como algo sublime durante miles y miles de años.  Pero hete aquí que con el transcurso de los siglos también vieron la luz el Egoísmo y la Ambición, y entonces el Pensamiento hubo de librar grandes batallas para no sucumbir ante tan poderosos rivales. Pasado el tiempo, la sociedad, siempre fluctuante y voluble, decidió abandonar los antiguos principios y seguir las nuevas corrientes y acordó que al Pensamiento debía imponérsele el estigma del silencio obligado. Fue entonces cuando nacieron los pérfidos vocablos. Y ni que decir tiene que a partir de ese instante comenzó el caos en el Mundo... Bien, ya hemos llegado al final de la historia. ¿Entiendes ahora por qué las palabras no son dignas de respeto?
—La historia es singular, pero yo diría que un tanto descabellada. Palabra y pensamiento forman tal simbiosis que el uno alimenta al otro y ambos se benefician mutuamente.
—¿Simbiosis...? Las palabras son subordinadas del pensamiento. Él es un ente superior y no necesita de ellas para subsistir. Aun confinado al rincón más oscuro de la mente, continúa siendo poderoso y libre: jamás estará supeditado a nada ni a nadie.
—El pensamiento también tiene sus limitaciones, Caronte.
—¿Cuáles, según tú? –preguntó retador.
—Las pasiones. Y sobremanera una que quizá sea la más fuerte y poderosa de todas: el odio. Sí, amigo, el odio es poderoso y el pensamiento sucumbe y se inclina ante él como las mieses ante la orden del viento. Además, las palabras son una fuente de extraordinaria riqueza.
—¿A qué riqueza aludes?
—¿No has oído hablar de la evolución, Caronte? ¿Acaso no es el tesoro más preciado de la humanidad? Pues las palabras han sido fundamentales para que se produjera ese milagro.
—¡Qué evolución ni qué (...)! ¡No me negarás que las palabras son dañinas: seducen, engañan, mienten, vilipendian, fingen, calumnian...!
—Por supuesto. Pero olvidas que también enamoran, miman, instruyen, comunican, expresan, divierten, aconsejan...
—¡Pasa de mí! –replicó airado–. ¡Las palabras son unas (...) mentirosas y sólo son benévolas con aquel que acata a ciegas todos los convencionalismos establecidos!
—Pues para qué las utilizas, si es que tanto las odias. Haz voto de silencio y en paz.
—En eso sí tienes razón –admitió pasando los dedos por la frente–. Pero no dudes que esa evolución maravillosa ha venido acompañada de una pérdida de valores fundamentales y ha conseguido estructurar una sociedad basada en una gran mentira colectiva. Más que evolución debería llamarse involución, pues de seguro nos conducirá a la Prehistoria.
 
No me atreví a seguir llevándole la contraria por miedo a que su enojo provocara una ruptura entre ambos. Quizá fuese un poco exaltado, pero resultaba un hombre entretenido y me encontraba cómodo en su compañía. Aunque yo recobrara la memoria, no había motivo para dejar de cultivar aquella amistad nacida de modo tan fortuito.
 
—De repente te has quedado muy callado, muchacho. No temas, no me parece mal que me lleven la contraria –dijo sonriente, como si hubiera leído mis pensamientos–. ¡Ea, ya va siendo hora de ir a buscar tu identidad!
 
Y cantando a dúo partimos en busca del coche. Mas fue tarea vana pues por más que rastreamos la carretera a lo largo de varios quilómetros no hallamos señales de él.
 
—¿No pretenderías quedarte conmigo...? –preguntó suspicaz.
—Te juro que no he mentido. ¿Qué iba a conseguir con ello?
—No lo sé. ¡Vaya papeleta!
—Tal vez lo hayan robado... –aventuré con timidez.
—¡Oh, sí! ¡Por qué no!
 
Estaba irritado y no le faltaba razón. Era lógico que pusiera en duda la historia que le había contado, puesto que lo insólito de la situación también resultaba inverosímil para mí. Desde el día anterior nada de lo acontecido tenía visos de realidad, más bien parecía fruto de una pesadilla. En algunos momentos me sorprendía a mí mismo expectante, como si de un momento a otro fuera a despertar de un horrible sueño. Fuera como fuese, Caronte se había portado bien conmigo y consideré que le debía una disculpa.
—Perdona. No era mi intención hacerte perder el tiempo.
—Déjate de pijadas –dijo con acritud–, el tiempo me pertenece. ¡Menudo dilema me has creado!  ¿Qué voy a hacer ahora contigo?
—No te preocupes por mí. Ya me las arreglaré.
—Ya te las arreglaras... –rezongó–. ¿Cómo?
—Aún no lo sé. Tengo que pensarlo.
—¡Anda, vamos! ¿Crees que voy a dejarte aquí tirado? ¿Por quién me tomas?
—Es preferible que sigas tu camino en solitario. No quiero ser un estorbo para ti.
—¡No soy hombre de cumplidos, Adrian! Te ofrezco mi ayuda por última vez –y con voz áspera–, tómala o déjala según te convenga –y con éstas me volvió la espalda y se fue carretera abajo.
 
Al principio me mantuve a distancia; pero al cabo de un rato me situé a su lado e inicié una conversación, deseoso de romper el hielo.
 
—No te enfades conmigo, por favor. ¿Ya se te pasó la borrachera...? A mí sí, pero no debí beber tanto vino. Me encuentro fatal. Tengo una resaca de muerte.
—¡No siento pena alguna por ti!
—Tu amabilidad me conmueve.
—¡Es más de lo que mereces (...)! –atajó con sequedad.
—¿Por qué dices tantas palabrotas, Caronte? Son innecesarias para el entendimiento.
—Yo soy como soy, y es tu problema si no te gusta mi forma de ser. Y puestos ya, vamos a dejar las cosas claras: No acostumbro lamentar mi suerte, a pesar de ser un vagabundo. Tengo mis manías y no permito que nadie se inmiscuya en mi vida, a menos que yo de permiso para hacerlo. Detesto la falsedad y aborrezco las lisonjas. Ah, y aún queda otra cuestión por aclarar: No sé cuánto tiempo permaneceremos juntos, pero te pido como condición que ante todo utilices la sinceridad. No imaginas cuánto me (...) la gente que va por la vida simulando lo que no es.
—De acuerdo. Lo tendré en cuenta.
—Bien, entonces no hay más que hablar –aseguró dando por finalizada la conversación. Y a partir de ese momento guardó un silencio hostil.
 
Yo no sabía en qué lugar estábamos ni hacia dónde nos encaminábamos; pero no me atreví a formular preguntas al respecto, pues el semblante adusto de mi compañero indicaba que no era el momento más adecuado para interrumpir sus cavilaciones. Así que, acompasé mi paso al suyo y sin formular palabra me dejé guiar por él.
La claridad diurna se fue difuminando y pronto cedió el paso a la oscuridad total. La noche se cernió sobre el paisaje y apenas si lográbamos distinguir dónde situábamos los pies. La linterna que la noche antes me había iluminado el camino había quedado olvidada en la aldea, entre el heno del cobertizo. Dado que ni siquiera podíamos contar con la claridad de las estrellas, pues el cielo estaba encapotado y la nubosidad imposibilitaba que se filtrase el más mínimo fulgor, Caronte decidió dar por finalizada la jornada de aquel día. Utilizando como abrigo unos troncos muertos nos dispusimos a pasar las próximas horas al raso, tendidos sobre la húmeda hierba.
Él no tardó en entregarse al sueño. Pero yo me sentía bastante deprimido y velé hasta altas horas de la madrugada: me inquietaba el futuro, y también el pasado relegado en la oscuridad de mi memoria.
 
© María José Rubiera Álvarez