martes, 28 de abril de 2015

Los antroponíricos – Caronte (continuación cap. VI) –

—¿Quieres ver el espectáculo? –propuso Caronte, ahuyentando mis pensamientos–. ¿No crees que nos merecemos un rato agradable después de haber trabajado como (...) toda la semana?
—Como quieras. Tú verás si podemos permitirnos ese gasto.
 
Esbozó una sonrisa y diligente se dirigió a la taquilla. Entregamos las entradas al portero. Nos adentramos en el teatro y avanzamos por el pasillo. La sala estaba a rebosar de gente: sólo quedaban sin ocupar dos localidades en la sexta fila, destinadas a nosotros. No hicimos más que tomar asiento cuando las luces se apagaron y unos focos, hábilmente situados, pasaron a iluminar el escenario. Se levantó el telón y después de un breve preámbulo a cargo del presentador el prestidigitador, un  hombre moreno y bien parecido, ataviado de frac y camisa blanca, hizo acto de presencia en el escenario y comenzó la actuación. De su estilizada figura se desprendía una aureola de misterio y era tan habilidoso con las manos que en verdad parecía estar dotado con el arte de la magia. Cada pase era celebrado por el público con murmullos de admiración y acaloradas ovaciones. Era un auténtico deleite ver cómo objetos tan habituales y simples: naipes, pañuelos, monedas, copas a rebosar de líquido y un sinfín de sencillos artilugios aparecían y desaparecían como por encanto ante los ojos de los espectadores, adquiriendo un significado mágico.
Al cabo de una hora, el mago anunció un breve descanso y después de una graciosa reverencia desapareció tras los bastidores. De nuevo se encendieron las luces principales, y varios empleados de la compañía teatral aprovecharon el ínterin para vender unas rifas, cuyo premio consistía en unas bolsitas de golosinas. Caronte compró algunas papeletas y ambos esperamos ilusionados el momento del sorteo, pero no tuvimos la suerte de ser los agraciados. Después del revuelo de la rifa, el prestidigitador volvió al escenario y con voz solemne se dirigió al patio de butacas:
 
—Damas y caballeros; respetable público: Me complace presentarles el número fuerte de la velada, pero para llevarlo a efecto necesito un voluntario. Que levante la mano aquella persona que esté dispuesta a prestarme su colaboración.
 
El ilusionista esperó algunos segundos, pero nadie se prestó a hacer de conejillo de indias.
 
—Bien... Bien –dijo carraspeando–. Al parecer he de asumir la responsabilidad de la elección. No teman, les prometo que el afortunado no sufrirá daño alguno –previno al observar que el público se revolvía inquieto en sus asientos–. Mis dotes intuitivas me orientarán hacia la persona idónea. Por favor, ruego guarden riguroso silencio.
 
Por la sala se extendieron los acordes de una música preparada para la ocasión. El ilusionista abatió los párpados e inclinó la cabeza, y el público contuvo el aliento. Pasados unos minutos, cuando la tensión de los espectadores había alcanzado el punto más álgido, Milahi abrió los ojos y paseó la vista por el patio de butacas. Su mirada llegó a mi altura, hizo un gesto complacido y me señaló con la mano.
 
—¡Usted, caballero!
—¿Yo...? –pregunté sorprendido.
—Sí, usted. ¿Sería tan amable de prestarme su ayuda?
 
Me convertí en el centro de todas las miradas: todos los presentes tenían su atención puesta sobre mi persona. Me ruboricé como un colegial, y agitando el índice rechacé la invitación.
 
—Le ruego, por favor, acceda a mi petición –insistió el mago.
 
Caronte sonreía –sin duda le divertía sobremanera mi azoramiento–. Al ver su expresión irónica, tentado estuve de volver a decir que no. Pero no tuve el suficiente coraje para dar otra negativa. Me puse en pie con desgana y, deseoso de terminar cuanto antes, en cuatro zancadas salvé la distancia que me separaba del escenario.
 
—Gracias por venir, caballero –agradeció el ilusionista, estrechando efusivo mi mano. Y no pude menos que admirar la textura de la piel masculina, los dedos finos y alargados que hablaban de sensibilidad y arte.
—Estimado público, creo que este señor se merece un aplauso –solicitó.
 
Los espectadores aplaudieron. Y yo me sentí grotesco e idiota, semejante a un polichinela manejado por los hilos del titiritero.
 
—Acabemos de una vez con esta pantomima –dije tajante–. Dígame qué he de hacer.
—Faltaría más –y señalando un canapé–. Tome asiento, por favor.
—Gracias. ¿Qué tipo de experimento piensa llevar a cabo conmigo? –pregunté suspicaz.
 
El ilusionista no respondió a mi pregunta. Sacó un péndulo del bolsillo del pantalón y lo hizo oscilar ante mis ojos. Fijó su penetrante mirada en la mía y la sostuvo hasta que sucumbí con un parpadeo, y con voz armoniosa y sugestiva recitó:
 
—Estás cansado... Te pesan los párpados... Tienes sueño... Mucho sueño. Duerme... Duerme... Duerme... Despertarás cuando yo te ordene que lo hagas.
 
Todo aquello me parecía una charada. Me entraron ganas de reír, pero me dije que no tenía derecho a echar por tierra el prestigio de aquel pobre diablo: al fin y al cabo era su forma de ganarse la vida y allá el idiota que diera por cierta aquella patraña. Lo más singular fue que, bien por efecto del cansancio, bien por influencia de aquel individuo, mi cuerpo adquirió una laxitud insospechada y mis párpados comenzaron a cerrarse. Luché contra la somnolencia que me invadía, pero no fui capaz de vencerla, Y la voz modulada de Milahi llegó a mis oídos:
 
—¿Está dormido?
—Sí.
—¿Cuál es su nombre?
—Adrian.
—Bien, Adrian, ¿podría decirnos dónde se encuentra en este momento?
—No podría precisarlo con exactitud... Está tan oscuro...
—Haga un esfuerzo.
—¡Silencio! ¡Creo que alguien me persigue...!
—¿Quién le persigue, Adrian?
—No estoy seguro... Sólo vislumbro el perfil de una sombra...
—¿No puede distinguir quién es?
—¡Ya se aproxima...! ¡Oh... Dios! ¡Espero que no me vea...!
—No tema. Sea quien sea, no puede hacerle daño.
—¿Qué deseas de mí? ¡Márchate! ¡No te acerques! –dije, rechazando a la figura huesuda, de pómulos descarnados, que había surgido de las sombras.
 
Hizo caso omiso de mis palabras, la boca desdentada se distendió en una sonrisa cruel y con voz cavernosa dijo: "Ven... Vente conmigo. Te prometo la dicha eterna..."
 
—¡No! ¡No...! ¡Por favor...!
—¿Qué ocurre, Adrian? –preguntó Milahi–. ¿Se encuentra bien?
 
Hostigado por la pregunta intenté explicar el extraño fenómeno, pero no pude articular sonido alguno: tenía anulada la capacidad del habla.
 
—¿Se encuentra bien, Adrian...? –inquirió de nuevo–. Responda, por favor.
 
El eco de la voz del ilusionista se diluyó en el éter. La figura descarnada se aproximó aún más, y pronunciando mi nombre dijo: "Adrian, ven conmigo. En el estigio serás mi huésped de honor", prometió, extendiendo los esqueléticos brazos hacia mí. Rehuí el abrazo de las huesudas extremidades, y mis pies quedaron situados al borde de un precipicio. De pronto, el espectro se abalanzó sobre mí y me catapultó al vacío. Mi cuerpo fue impulsado por la fuerza de la gravedad hacia las profundidades, y el abismo recogió mi cuerpo inerte. La Parca flotaba ingrávida, absorbía la exigüidad de mi hálito y penetraba mi ser... Se adueñaba de mi espíritu...
 
—¡No...! ¡No deseo ir contigo...! ¡No quiero morir! ¡Dios mío! ¡Apiádate de mi alma, Señor!
—¡Uno... Dos... Tres! ¡Despierta, Adrian!
 
La voz de Milahi sonó muy lejos, perdida en la distancia. Y supe que él representaba el vínculo terrenal, al que debía aferrarme para eludir la horrible presencia.
 
—¡Sálveme, Milahi, se lo ruego! –imploré. Pero los vocablos se ahogaban en mi garganta y apenas si resultaron audibles.
—¡Adrian! ¡Adrian! ¡Despierta! ¡Uno... Dos... Tres! ¡Despierta! ¡Uno... Dos... Tres! ¡Jesús, no permitas que esto suceda! ¡Un médico...! ¡¿Hay algún médico en la sala?! ¡Uno... Dos... Tres! ¡Despierta!
 
Milahi colocó sus manos sobre mi pecho y lo golpeó con fuerza. Los latidos de mi corazón recobraron el ritmo acompasado. La sangre fluyó de nuevo por mis venas. Y sentí que regresaba al mundo de los mortales.
 
—¡Gracias, Dios mío, por devolverle la vida a este hombre! –exclamó Milahi. Y a través de las pestañas pude observar la lividez de su rostro.
 
Los espectadores se hallaban arremolinados en torno a mí y al prestidigitador, con la compasión reflejada en sus rostros. "¡Pobre hombre! ¿Qué le habrá pasado?", murmuraban algunos; otros, apenas en un susurro, como si ya estuviesen en presencia de un cadáver, hacían conjeturas sobre un paro cardiaco o tal vez una lipotimia. Todos lamentaban el incidente. Aunque estoy seguro de que en el fondo de su alma se alegraban de no haber sido ellos los protagonistas del trance.
Cuando logré recuperarme del susto arremetí contra Milahi y lo golpeé repetidas veces. Un hilo de sangre manó de la comisura de sus labios. Pero yo, ciego de ira, despertado mi instinto primigenio animal, continué golpeándolo sin piedad. En la sala se produjo un inmenso revuelo. Algunos de los presentes aprobaban mi proceder y me instaban a seguir vapuleando al ilusionista; otros recriminaban mi actitud violenta e intentaban separarme de él. La policía, avisada por los empleados, no tardó en hacer acto de presencia. A pesar de mi resistencia, fui reducido y esposado sin miramientos.
 
—¿Se encuentra bien? –preguntó uno de los agentes a Milahi.
—Supongo que el señor deseará acompañarnos a la comisaría para presentar cargos contra este individuo –dijo el otro agente.
—¡Eh, un momento! ¡Aquí hay una confusión! –me apresuré a decir–. Me parece que se han equivocado de persona. ¡Este hombre ha intentado matarme!
—¡Cállese! –ordenaron.
 
Seguí protestando. Pero sin duda mi aspecto no resultaba el más indicado para ofrecer credibilidad e hicieron caso omiso de mis argumentos.
 
—¿Formulará la denuncia, señor? –preguntaron de nuevo los polizontes.
—No, no... –dijo conmocionado–. Dejen que se vaya. Creo que ya tiene suficientes problemas. Siento mucho lo sucedido, señor –se disculpó, presionándome el hombro con gesto compasivo–. Que Dios le acompañe.
 
Me sacaron esposado del recinto. Caronte se puso a mi lado, y dirigiéndose a los guardias intercedió por mí sin titubear.
 
—Les ruego tengan la amabilidad de soltarle –suplicó con humildad–. Les prometo que no provocará más incidentes.
—En esta ciudad no queremos maleantes –aseguraron despectivos, liberándome de las esposas–. Si mañana los vemos merodeando por aquí, tomaremos medidas –advirtieron al tiempo que montaban en el furgón policial.
—Debemos largarnos cuanto antes. Vamos, apresúrate –dijo Caronte, cogiéndome del brazo y llevándome casi en volandas–. No nos conviene seguir aquí por más tiempo. Iremos a la estación de ferrocarril. Con un poco de suerte podremos embarcarnos en algún tren de mercancías.
—¡Haz el favor de soltarme el brazo! –exclamé deteniéndome–. ¿Por qué he de huir como si fuese un delincuente? No he cometido delito alguno.
—¡Cojonudo! ¡Se nota que no conoces a la bofia, muchacho! ¡En cuanto te ha echado el ojo encima una vez, te tiene en el punto de mira para siempre!
—¿Y qué pasa conmigo, con mi oportunidad de saber quién soy?
—¡Cualquiera diría que no existen más ciudades!
—Me pregunto qué harías si ignoraras tu identidad. No sé por qué tuvimos que ir a ver la actuación... Si no te hubiera hecho caso, a estas horas no estaríamos en situación tan absurda ni me hubiera visto abocado a vivir una experiencia tan desagradable.
—Anda, no nos entretengamos más. Después ya tendrás tiempo de lamentarte.
 
Llegamos a la estación, y la fortuna se puso de parte nuestra: en una de las vías se hallaba detenido un tren de carga. El ruido de la maquinaria nos indicó que el mastodonte estaba próximo a realizar la salida. Empleando la máxima cautela abrimos el pesado portón de uno de los furgones y nos colamos en el interior. Apenas tuvimos tiempo de acomodarnos cuando el jefe de estación tocó un silbato. El convoy se puso en movimiento: lento al principio; vertiginoso después, como si le urgiese trasladarnos a nuevos horizontes.
 
© María José Rubiera Álvarez