jueves, 25 de agosto de 2016

Los antroponíricos (cap. X)

Los argumentos de Caronte habían conseguido tranquilizarme, pero no por ello me sentía más dichoso.
La soledad comenzó a pesarme como una losa. El techo de la habitación pareció abatirse sobre mi cabeza y las paredes reducirse de tamaño. Me tendí en el suelo y en posición fetal permanecí encogido hasta disiparse la sensación. Después de un tiempo me levanté y oteé la zona del jardín que la galería acristalada me permitía contemplar: la lluvia se derramaba silenciosa sobre el césped. El manto húmedo y lujurioso cubría la tierra, penetrándola, copulando con ella, fertilizándola. Ambos espíritus se fusionaban y emitían sonidos sibilantes, plenos de armoniosas cadencias. Escuché atentamente el murmullo de las dos entidades entregadas al milagro de la procreación: era un lenguaje de amor, pasión y deseo, la comunicación ingrávida de dos impúdicos amantes que se entregaban a juegos eróticos. Me pregunté si algún día, en un pasado que la memoria no me hacía permisible conocer aún, yo había gozado del mismo éxtasis con una mujer. Sin saber por qué aquel pensamiento me resultó turbador y con premura me alejé del ventanal.
Me sentía impotente y furioso y, renegando de mi destino, a grandes zancadas paseé la habitación como un león enjaulado. Una vez hube logrado sosegar mi espíritu me tumbé sobre la cama y obedeciendo a la inercia abrí el cajón de la mesilla de noche. En su interior había un libro: "Tratado de Filosofía", rezaba la portada. Me alegró el hallazgo y sosteniendo entre las manos el volumen dejé que el azar eligiera la página por mí. "Tanto el bien como el mal tienen un lugar en el Todo", decía Heráclito. La máxima era hermosa  y aleccionadora, pero yo tenía mis dudas sobre el mensaje encerrado en la misma: me sonaba a conformismo. Tal vez aquellas palabras habían sido estudiadamente elaboradas para justificar el mal e imbuir en los humanos el sentido de la resignación, la sumisión y el acatamiento a los deseos de una entidad relevante. En aquel momento se me vino a la mente Caronte y su opinión acerca de las palabras. Me dije que quizá el tuviera razón al decir que los vocablos no albergan sino engaño. Aunque también cabía la posibilidad de que a través del conformismo se llegase a un estado superior del Ser. Pensé que si esto último resultaba cierto tal vez yo debiera adoptar ante la adversidad una postura más resignada. Pero no bien hubo asaltado mi mente este pensamiento, un conato de rebeldía hizo que se congestionara mi rostro. "¡Al diablo con la resignación! ¿Por qué he de mostrarme sumiso...? La sumisión halla su equivalencia en la claudicación, y ambas son propias de imbéciles. ¡Ya vale de lamentaciones! Con tanta compasión hacia mí mismo no hago sino anular mi capacidad de reflexión", me reproché. Y en aquel momento comprendí que mi vida era como un puzzle y debía encajar las piezas hasta darle significado. La premisa consistía en hallar la pieza principal y sucesivamente las restantes hasta concluir el rompecabezas. Debía sin embargo mantener la mente despejada si quería llegar a la conclusión del mismo.
La inyección de valor surtió su efecto. Y me quedé felizmente trasvolado hasta que unos golpes en la puerta interrumpieron mi bienestar.

— ¿Puedo entrar, Adrian? ¿Estás visible...? –preguntó la masculina voz.
—Adelante –respondí.
Alguien manipuló la cerradura. Milahi abrió la puerta y se quedó apoyado en el marco, sosteniendo entre sus manos las pertenencias (zapatos, camisa, jeans...), que previamente me habían sido confiscadas. Se habían encargado de su limpieza y ahora presentaban un aspecto pulcro e impecable.
 —Pase. No tema, no voy a morderle.
—Veo que estás más calmado. Lamento interrumpir tu descanso, pero tienes visita.
—No puede ser Caronte. Ya ha venido hoy. ¿Quién desea verme...? No conozco a persona alguna, excepto a mi amigo –pregunté. Y al no recibir respuesta insistí–: ¿Por qué no me dice quién ha venido a visitarme? ¿A qué viene tanto misterio?
—Pronto lo sabrás. Anda, vístete –dijo, entregándome la ropa–. Te están aguardando.
Esperó pacientemente a que me duchara y vistiera. Luego, sin mediar palabra, salimos de la habitación. Me sorprendía tanto secretismo. No obstante lo seguí hasta su despacho donde, ocupando sendas sillas, esperaban dos desconocidos. Al oírnos entrar se levantaron presurosos. Y sin saber por qué me incomodó su presencia. El más viejo, orondo y seboso, de facciones curtidas y tez picada de viruelas se me acercó con la mano extendida y el gesto cordial.
—Buenas tardes. Sebastián Azcárraga, inspector de policía.
—Tanto gusto –dije, estrechándole la diestra.
Al tomar contacto con aquella piel sudorosa sentí instintivamente un rechazo que me recordó a Caronte y la conversación que en su día habíamos sostenido sobre los antroponíricos, y un estremecimiento recorrió mi espina dorsal.
El más joven se había quedado en segundo plano y sólo se me aproximó cuando su superior –supuse– hizo las presentaciones pertinentes.
  —Carlos Valdés, mi ayudante.
—¿Cómo está usted? –dije, tendiendo la mano.
—Mejor tomamos asiento, caballeros –invitó afable Milahi.
—Gracias... Muy amable –agradeció el inspector. Y haciendo un gesto de complacencia se desplomó sobre uno de los sillones que ocupaban el despacho.
Una vez acomodados, el inspector puso en marcha una grabadora, sin tener en cuenta si yo estaba de acuerdo en grabar la conversación. Me pregunté qué diantres querrían de mí. Pero de pronto recordé los zapatos que Caronte había robado, los cuales yo llevaba puestos en aquel momento. Y con disimulo traté de ocultar los pies a la inquisitiva mirada de ambos inspectores.
— ¿Es usted el señor Adrian Luan Gralte? interrogó.
El polizonte formuló la pregunta, y el apellido quedó grabado en mi cerebro. Sentí animadversión por aquel fulano: disponía de una información preciada para mí. Tentado estuve de preguntarle quién le había otorgado el privilegio de saber lo que yo ignoraba. Pero controlando las palabras que a borbotones pugnaban por salir de mi boca respondí evasivo:
—Tal vez... ¿A qué se debe el honor de su visita?
—El doctor Milahi nos ha comunicado que lleva usted cinco días ingresado en esta clínica. ¿Podría detallar dónde estuvo y qué hizo durante el periodo anterior a su ingreso.
—No creo sea de su incumbencia.
—Adrian –intervino Milahi–, debes responder a las preguntas que se te formulan.
—No me parece que esté obligado a responder, al menos no antes de saber qué es lo que motiva este interrogatorio. Exijo una explicación al respecto, de lo contrario daré por terminada la entrevista.
–Usted no es el más indicado para imponer condiciones –dijo gélido el comisario.
—Considero que los ciudadanos gozamos de ciertos derechos, dando por supuesto que vivimos en un país democrático. Corríjame si me equivoco, inspector Azcárraga.
—Puede solicitar la presencia de un abogado si lo desea. Pero le comunico que las preguntas formuladas son mera de rutina –dijo el ayudante del inspector, intermediando con diplomacia–. Sólo pretendemos cerciorarnos de que no es usted la persona que buscamos. Atendiendo a los ruegos del doctor y en deferencia al estado en que usted se encuentra hemos venido personalmente a tomarle declaración, en lugar de requerir su presencia en la comisaría. Ahora, señor Luan, abusando de su amabilidad le estaremos muy agradecidos si nos permite impresionar sus huellas digitales.
— ¡Por favor...! ¿Es necesaria tanta ceremonia por la sustracción de unos simples zapatos?
— ¡Zapatos...! –exclamaron al unísono, intercambiando miradas perplejas.
—Ojalá no fuese más que eso, señor Luan. Por desgracia, el asunto que nos ha guiado hasta aquí es mucho más grave.

Continuará...
 

© María José Rubiera Álvarez